Viernes 27 de abril de 2012

La escena en que Tomás figura de forma sobresaliente, se distingue de las otras apariciones de los evangelios, en que un individuo específico es citado como testigo de los hechos (sabemos que hay diversos testimonios); y, el valor de su testimonio es resaltado por el escepticismo inicial. Tres son los motivos principales: (a) la realidad del cuerpo de Cristo resucitado; (b) la relación entre fe y visión; y (c) la confesión de fe del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”.
Los evangelios sobre la resurrección que hemos proclamado y contemplado en estos días (la octava de Pascua) nos muestran el itinerario de la fe de los discípulos, que reconocen a Jesús no ya con los ojos de la carne sino con los ojos de la fe.
En la escena que comentamos, los discípulos están encerrados en su propio temor y con las puertas de la casa igualmente cerradas. Ellos están en el vacío, en la oscuridad y la incertidumbre, hasta que Jesús en medio de ellos, les quita el temor con la fuerza de su Paz: “La Paz esté con ustedes”.
Jesús se muestra como aquel que fue crucificado y muerto y que ahora está Vivo. Él es el Viviente, el Resucitado. Los discípulos que estaban angustiados se llenan de Gozo cuando lo reconocen. Jesús se hace presente en la comunidad dispersa y desecha. Da su propia Paz, que quita todo temor.
Esta es la Luz de la Pascua, la que saca de toda oscuridad. El Gozo y la Alegría de la Pascua, son un don para nosotros. Por que en Él todos nosotros hemos resucitado y en Él todos somos una nueva creatura. Estos acontecimientos están palpitantes en la conciencia del que cree: es la fe de la Pascua.
Para nosotros, creer no es otra cosa sino acoger con la mente y con la vida, la Luz de Cristo que nos arranca de todas nuestras tinieblas e impotencias. Cristo está Vivo y con él todo aquel que lo acoja en la fe. Esto quiere decir mis hermanos simplemente, que la Vida del Resucitado penetra nuestros problemas pequeños o grandes, nuestras enfermedades, nuestras angustias, nuestros temores, nuestras limitaciones, nuestras crisis, nuestros pecados, nuestras muertes, nuestra vida simple, concreta, cotidiana y lo hace todo Nuevo.
Dichosos los que no vieron y creyeron. Esta es una afirmación de suma importancia porque contiene la definición misma de la fe. Se nos pide reavivar nuestra condición de creyentes y para ello es necesario volvernos contemporáneos de Cristo y eso es lo que hace la fe. Nos hace experimentarlo Vivo, real, presente, cercano aún en medio de la oscuridad. Dichosos los que creen sin haber visto, indica que los “signos”- el del corazón convertido o la comunidad creyente y amante, como hemos oído en la primera lectura o cualquier otro signo-, no son tanto la condición para creer, como el fruto y el regalo inesperado con los que se encuentra aquel que ya se ha abierto a la fe.
Que el Señor se digne aumentar nuestra poca fe, que podamos confesarlo con alegría como Señor y Dios nuestro, que Él nos llene de Vida y de felicidad por ser de verdad creyentes. Que aún en medio del peso de nuestra existencia o de nuestras limitaciones o de nuestras amargas experiencias podamos, de una manera concreta, esperar que se abran nuestros ojos a la Luz del que está en medio de nosotros Vivo y Resucitado, y podamos decirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío”.
Tenemos la certeza de la fe que seremos felices del todo si, “aun sin haberle visto le amamos y aún sin verlo creemos en Él”. Jesús en la oscuridad de nuestra noche se nos revela y nos dice: “La Paz con ustedes”.
La inestimable misericordia y compasión de nuestro Dios, nos perdona y esa es la verdadera fuente de nuestra Paz. El Amor y la Vida que perdona engendran Paz. La Alegría y la Paz que el Señor nos ha donado nos hagan vivir como verdaderos testigos.