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Quinto Misterio Doloroso: compartir el dolor ajeno - Fray Julián de Cos, O.P.

Miércoles 4 de abril de 2012


El sufrimiento es uno de los grandes misterios de la vida. Cuando las cosas nos van bien no solemos hacernos preguntas trascendentes ni mucho menos ponemos en cuestión nuestra existencia. Sin embargo, cuando pasamos por un mal momento, con gran facilidad se nos llena la cabeza de preguntas, porque el dolor y la muerte nos descolocan. Los evangelios nos narran cómo el mismo Jesús pasó por momentos muy difíciles, pues, además de divino, también era humano.

Esto lo meditamos en los Misterios Dolorosos del Rosario, sobre todo en el Quinto Misterio: donde contemplamos la muerte de Jesús en la Cruz. Y lo meditamos y contemplamos junto a María, que estuvo presente en los momentos más trágicos de la vida de su Hijo para acompañarle en su dolor (cf. Jn 19,25-27).

Es muy fácil acompañar a otras personas en sus mejores momentos, cuando, por ejemplo, celebran algo importante. Sin embargo, es costoso y desagradable estar con ellas si las cosas van mal, cuando, por ejemplo, han sufrido un accidente o pasan por una dura enfermedad. Es en los momentos difíciles donde se ve realmente lo que nos une a otras personas: si el mero interés o un sincero afecto.

Y lo mismo ocurre respecto a nuestra familia o comunidad: podemos formar parte de ella para aprovecharnos egoístamente de lo que nos puede dar, de tal forma que cuando hay que arrimar el hombro y sacrificarnos por ella, buscamos «inteligentemente» una buena excusa para no estar presentes.

María nos enseña que el buen cristiano lo es cuando las cosas van bien, pero sobre todo cuando van mal. Se es miembro de la comunidad «a las duras y a las maduras», como se dice coloquialmente.

Cuando compartimos con un amigo o con nuestra comunidad los momentos de dolor, cuando nos sacrificamos en momentos de necesidad, Dios nos purifica interiormente, nos hace mejores personas, nos llena de su gracia curativa. En esos duros momentos, Dios de algún modo nos capacita para vivir la vida mejor, con más profundidad y alegría, porque, paradójicamente, viviendo como buenos cristianos el sufrimiento, nos llenamos de la pura felicidad del Reino de Dios.

A ejemplo de nuestra Madre del Cielo, tengamos el valor y la sabiduría de compartir con otros su sufrimiento y de saber hacernos presentes en nuestra comunidad cuando las cosas van mal: así creceremos espiritualmente.




El autor de esta homilía

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