El mundo del Rosario con la Orden de Predicadores
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Tercer Misterio Glorioso: la oración comunitaria - Fray Julián de Cos, O.P.

Domingo 13 de mayo de 2012


En varios pasajes evangélicos Jesús insiste en la importancia de la oración. Jesús nos dice que debemos orar, tanto individualmente: cada uno por nuestra parte a solas con Dios (cf. Mt 6,6), como comunitariamente: con nuestra familia o comunidad (cf. Mt 18,19-20).

La oración más importante, el Padrenuestro, se puede rezar individualmente, pero es una oración pensada sobre todo para rezar en comunidad, por eso Jesús emplea siempre en ella la primera persona del plural: se trata del «Padrenuestro», no del «Padremío». Jesús quiere que sus discípulos recen juntos, con un solo corazón y una sola alma.

Y sabemos por el Hechos de los Apóstoles, que una vez que Jesús subió al cielo en la Ascensión, la primera comunidad se reunía en el cenáculo para orar, junto a María y otras mujeres (cf. Hch 1,14).

Esto nos lleva al Tercer Misterio Glorioso: Pentecostés. La comunidad está reunida en el cenáculo cuando Dios Padre y su Hijo les envían su Espíritu (cf. Hch 2,1-13).

Aunque la experiencia de Pentecostés fue única, pues sólo ha habido un Pentecostés en la historia de la Iglesia, cada vez que nos reunimos comunitariamente a orar, se repite, en cierto modo, aquella experiencia, pues el Espíritu Santo se hace presente en el corazón de la comunidad.

Y también, como en Pentecostés, se hace presente la Virgen María, sobre todo si nos hemos reunido para rezar el Rosario.

Qué importante es para toda comunidad y toda familia rezar comunitariamente. Es eso lo que nos permite permanecer unidos unos a otros, todos juntos, y permanecer unidos a Dios como comunidad.

La comunidad que reza unida, permanece unida. Además, orar comunitariamente es un gran placer espiritual, pues compartimos nuestro amor con nuestros hermanos de comunidad y sobre todo con Dios.

Pero para orar bien comunitariamente antes hay que preparar bien la oración: con el fin de que sea bella y armoniosa. Y también cada miembro de la comunidad ha de prepararse interiormente: para llegar a ella con el corazón dispuesto. Si no nos esforzamos previamente, no participaremos ni disfrutaremos de la oración en toda su profundidad.

Pues bien, a ejemplo de María y los discípulos, esforcémonos en orar comunitariamente con un solo corazón y una sola alma. Sólo así se hará presente el Espíritu Santo en medio de nuestra familia y de nuestra comunidad.




El autor de esta homilía

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