Domingo 8 de abril de 2012

Según una etimología simplista pero no menos profunda, la “misericordia” es el corazón de Dios inclinado sobre la miseria del hombre. ¡Qué bello misterio para meditar en este tiempo pascual! Es Jesús ante nosotros como ante la mujer adúltera: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Subrayemos tres aspectos de esta misericordia divina.
• En primer lugar la misericordia es una obra de verdad. Jesús desvela no sólo el pecado de la mujer adúltera sino que interroga y desvela la conciencia de sus acusadores. ¡Qué fácil es ver los pecados de los demás! ¿Y qué hacemos para preservar nuestra “buena conciencia”? Jesús nos dijo: dejad libre a esta mujer o sufrid con ella el castigo de la Ley. ¿Pues quién está sin pecado ante Dios? La misericordia hace aflorar la verdad, la luz sobre la realidad tal como es y no tal como nos parece o nos conviene.
• En segundo lugar la misericordia es obra de la sabiduría. Démonos cuenta que interpelando apaciblemente a sus ariscos interlocutores, Jesús tampoco les condena. La justicia divina (como se podía apreciar en el Antiguo Testamento) podría volverse contra el hombre sin misericordia, el pretencioso, el orgulloso. Pero Jesús les daba a todos la posibilidad de retirarse, les invitaba tras un simple examen de conciencia a una retirada humilde e inteligente: una retirada sabia. Por eso mismo son los ancianos los que primero se retiran.
• Finalmente la misericordia es obra de la justicia. Desde el punto de vista humano, el perdón que condona la deuda parece oponerse a la justicia que por definición reclama lo debido. ¿Pero quién puede perdonar la ofensa hecha a Dios? Pues no olvidemos, si el pecado se nos muestra como una desobediencia a la ley, es en primer lugar una ofensa a Dios. Por eso, en su infinita misericordia, el Señor va a redoblar su amor por nosotros, pecadores.
Ahí está el corazón de la Buena Noticia de la salvación: tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único, para que el mundo se salve, rescatado de sus pecados. La misericordia de Dios no es otra cosa que el amor de Dios que hace justicia restableciendo al hombre que ha perdido la dignidad humana.
¿Qué nos pide pues Jesús? ¿Qué nos preparemos a la condena como pensaba la mujer pecadora? No. Más bien ver la verdad, entrar en la sabiduría y acoger el don de Dios, la misericordia que absuelve y libera: “¡Anda y no peques más!” Estaba muerto y he vuelto a la vida. La Pascua es sobre todo la obra de la misericordia de Dios en nosotros. Que la Virgen Inmaculada nos conceda siempre vivir más allá de nuestras faltas, como ella ha conocido por encima del pecado.