El mundo del Rosario con la Orden de Predicadores
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“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” - Fr. Agustín Sánchez, OP

Jueves 22 de diciembre de 2011


El nacimiento del Señor, o Navidad, es la fiesta cristiana más importante luego de la Pascua de Resurrección. En ella está contenido el misterio central de la salvación: la encarnación del Hijo de Dios. El Verbo se encarna para salvarnos, haciéndonos “partícipes de la naturaleza divina” (II Pe 1, 4). “El Hijo de Dios se hizo hombre, para hacernos Dios” (San Atanasio). La vida de hijos de Dios en este mundo, es posible, desde el corazón humano, por la fe, la esperanza y el amor (Cf. Rom 5, 2). El niño de Belén prepara nuestros corazones para vivir desde ahora en relación con Dios.

El niño Dios es alimento de nuestra fe (“Una vez nacido es reclinado en un pesebre, para que todos los fieles se alimentasen con su carne y no permaneciesen ayunos del pasto de la sabiduría eterna”; San Gregorio Magno). Para creer en lo invisible Dios se hizo visible y audible a los ojos y oídos humanos (“Si alguien nos contase cosas de una tierra remota a la que jamás hubiese ido, no le daríamos igual crédito que si allí hubiese estado. Así, los patriarcas, los profetas y Juan Bautista dijeron algunas cosas de Dios, y sin embargo no les creyeron tanto como a Cristo, que estuvo con Dios, más aún, que era uno con Dios”; Santo Tomás de Aquino). La encarnación es el fundamento de nuestra confianza en el Señor (“La fe se hizo más cierta por el hecho de creer al mismo Dios que habla, por lo cual dice San Agustín: para que el hombre caminase con más confianza hacia la Verdad, la Verdad misma, el Hijo de Dios hecho hombre, constituyó y fundó la fe”; Santo Tomás de Aquino).

El niño Dios es alimento de nuestra esperanza (“El ángel dijo a los pastores: “no teman: les anuncio una gran alegría que lo será para todo el Pueblo; les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”; Lc 2, 10-11). Un niño nada puede hacer en el presente, pero contiene una feliz promesa de salvación (“No puede haber lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte, y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa”; San león Magno).

Se oponen a la esperanza la desesperación y la presunción. Por la desesperación el hombre se aleja de Dios, creyendo imposible el perdón de sus pecados. Pero el niño Dios le infunde nuevamente confianza (“Está callando el niño, para darte a entender, que aunque hayas cometido pecados, no te espantará ni reprenderá… Como de fuera parece en la carne, tal está de dentro la santa divinidad en blandura… Esta es la divinidad sin armas que dice: no te haré mal, llega hasta mí, que así como no debes huir de un niño, no debes huir de mi santa divinidad”; San Juan de Ávila). Por la presunción el hombre cree con orgullo poder alcanzar la “gloria sin mérito y el perdón sin arrepentimiento” (Santo Tomás). El niño Dios le infunde, por la humildad, la esperanza verdadera (“¿Quieres alcanzar las alturas de Dios? Aferra primero la humildad de Dios. Viste primero la humildad de Dios. Viste primero la humildad de Cristo”; San Agustín).

El niño Dios, finalmente, es alimento de nuestra caridad (“¡Despierten hombres! Por vuestro amor Dios se ha hecho hombre. Si él no hubiera nacido en el tiempo estaríais muertos por toda la eternidad”; “¿Qué mayor motivo existe de la venida del Señor, sino el manifestar Dios su amor a nosotros?”; San Agustín). Por la encarnación conoce el hombre la anchura y profundidad del amor divino (“Qué el hombre reflexione lo que Dios piensa y siente de él. De lo que quiso sufrir por ti puedes deducir lo mucho que te estima… cuanto menor se hizo en la humanidad, tanto mayor se mostró el amor que te tiene, y cuanto más se anonadó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor”; San Bernardo).

Dios desciende al hombre por la encarnación, y el hombre asciende a Dios por la gracia de la fe, la esperanza y el amor. Si el Verbo de Dios se ha hecho carne (vulnerable, pasible, limitado...) por amor nuestro, nuestro corazón de piedra debe hacerse de carne (abierto, receptivo...) para creer, esperar y amar a Dios.




El autor de esta homilía

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