La Asunción de la Virgen María, camino de resurrección

Debido a su especial relación con su divino Hijo, María fue glorificada en cuerpo y alma al final de su vida terrena: toda ella fue resucitada. Como vemos, el dogma de la Asunción subraya algo muy importante: María está ahora al lado de su Hijo, en el Reino de los cielos, y sigue siendo la misma, exactamente la misma que estaba aquí en la tierra, en medio de la creación.

La Asunción tiene un gran interés espiritual pues la Virgen María, a la que amamos con todo nuestro corazón y a la que pedimos su intercesión, sigue siendo aquella humilde campesina a la que se apareció el Ángel Gabriel (cf. Lc 1,26-38), la que envuelve en pañales al Niño Jesús (cf. Lc 2,1-20) y la doliente madre al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27).

Por eso la Virgen María nos resulta tan cercana. Por eso nos gusta tanto dirigirnos a ella. Porque, además, es nuestra Madre. Cuando le contamos nuestros problemas, nuestros sueños o nuestras alegrías, sabe muy bien de lo qué le hablamos. Comparte plenamente nuestros dolores y nuestros éxitos. Como Madre de Dios, sabe aconsejarnos en los momentos de duda, nos consuela si estamos tristes e intercede por nosotros cuando necesitamos su ayuda.

Pero la Asunción de la Virgen María también supone para nosotros un aliciente para seguir adelante en nuestro camino espiritual hacia la resurrección. Por difícil que resulte en ocasiones seguir a su Hijo, por mucho que tengamos que sufrir para purificarnos interiormente, María nos dice que todo esfuerzo merece la pena.

En efecto, su Asunción atestigua que su Hijo venció a la muerte y anuncia que, gracias a Él, la Iglesia está convocada a la vida eterna.

María nos acompaña en nuestro caminar hacia la resurrección. Un camino que quiere que todos recorramos, porque desea vernos a todos junto a Ella en el Reino celestial, gozando plenamente de los sentimientos divinos y disfrutando de la eterna felicidad de estar junto a nuestro amado Dios.

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