La venida del Espíritu Santo: viento y fuego

Con el fin de conducir a la humanidad y a la creación entera hacia la salvación (cf. Rm 8,18-23), el Padre envió a su Hijo en la Anunciación (cf. Lc 1,26-38) y ambos enviaron al Espíritu Santo en Pentecostés (cf. Hch 2,1-13). La Santísima Trinidad se despliega así en la Historia de Salvación. Y la Virgen María fue protagonista de ambos envíos, en el primero como la Madre de Dios y en el segundo como miembro de la comunidad cristiana.

Ella vivió en primera persona cómo con su Hijo llegó la Palabra salvadora y con el Espíritu Santo la fuerza para poder propagarla. Hijo y Espíritu van unidos: “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es Señor!’ sino movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3), nos dice san Pablo.

En Pentecostés, el Espíritu Santo se aparece bajo la forma de viento y fuego. Es bien sabido que cuando estos dos elementos de la naturaleza se combinan, desarrollan una fuerza imparable. Un incendio forestal empujado por un fuerte viento no hay quien lo apague: incendia todo lo que se encuentra a su paso. Pues bien, eso es lo que sucede en Pentecostés, la primera comunidad cristiana se llena de una fuerza impetuosa que la hace salir de su escondite y ponerse a predicar a todas las culturas y razas de la tierra.

Recordemos lo que decía Jesús: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!” (Lc 12,49). Es en Pentecostés cuando se prende ese fuego divino. Gracias a la acción del Espíritu Santo, el Evangelio se convierte en un incendio imparable que llega hasta los confines del mundo.

A veces nos quejamos de que actualmente es difícil predicar el Evangelio. Pensamos que eso es de otros tiempos pasados. Pero cuando vivimos interiormente la Palabra de Dios y nos ponemos en manos del Espíritu Santo, nada puede impedirnos dar testimonio del Evangelio: absolutamente nada.

No olvidemos que somos templo del Espíritu (cf. 1 Cor 6,19). En nosotros habitan un fuego y un viento arrolladores que nos hacen capaces de hacer lo imposible por el Reino de Dios. Como hicieron los Apóstoles, no tenemos más que dejarnos llevar por el Espíritu Santo para salir de nuestro escondite y mostrar públicamente aquello en lo que creemos.

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