La Ascensión del Señor, el Cordero degollado

Llegamos al final de la primera venida del Hijo de Dios a la tierra. Vuelve al cielo resucitado, victorioso. Gracias a Él, el mal está herido de muerte. Aunque el mal aún no ha desaparecido, lo hará. No tengamos la menor duda.

Pero la victoria de Jesús no es al estilo humano. Su victoria no es asumida por la comunidad cristiana como si se tratase de un “súper héroe” al estilo de los tebeos. Por el contrario, empleamos una simbología muy diferente, que subraya su humildad y docilidad: hablamos del “Cordero”. Y el libro del Apocalipsis resalta aún más su abajamiento al hablar del “Cordero degollado” (cf. Ap 5,6; Is 53,7).

Claro está que la resurrección y ascensión de Jesús comporta para Él un engrandecimiento, pues se ha sentado a la derecha del Padre (cf. Mc 16,19), y toda rodilla debe doblarse ante Él (cf. Fi 2,10), pero el Resucitado es el que antes se ha humillado totalmente (cf. Fi 2,8-9). El crucifijo nos recuerda eso.

La experiencia de la ascensión del Señor está íntimamente ligada a la experiencia de la humillación. Ascensión y humillación son dos vivencias que van unidas: el que está sentado a la derecha de Padre es el Cordero degollado.

Y lo mismo se puede decir respecto a nosotros mismos. Es imposible que ascendamos o progresemos espiritualmente si, por ejemplo, nos sentimos orgullosos y engreídos por haber superado una dura prueba ascética o por haber vivido una piadosísima Cuaresma. Por el contrario, es necesario que seamos profundamente conscientes de haber sido perdonados y salvados por Jesús.

Humillación y ascensión son dos caras de la misma moneda. A ello apunta este conocido dicho de Jesús: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado” (Mt 23,11-12). Y de ello nos da testimonio su Madre en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1,47-48).

Y no podemos olvidar esta bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).

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