La Coronación de espinas y la fidelidad al Padre

Palestina era un mal lugar para los soldados romanos. El clima semidesértico y, sobre todo, sus habitantes, que tanto les odiaban, hacían de su estancia en aquella región del Imperio Romano, un suplicio. Preferían estar en otras zonas más benignas y acogedoras.

Por eso no es de extrañar que tras la condena a muerte de Jesús, los soldados aprovecharan la ocasión para ridiculizar su “estatus” de rey de judíos. Paradójicamente, haciendo tal cosa, más que a Jesús, a quien insultaban era al pueblo judío, pues a nadie le gustaría tener por mandatario a una piltrafa humana, flagelada, escupida, insultada y coronada irónicamente con una corona de espinas (cf. Mc 15,16-20).

La tensión, la ira y el odio acumulado por los soldados contra el pueblo judío lo descargaron en ese pobre hombre. Qué fácil era aprovecharse de Él. Todo lo tenían a favor, pues eran muchos y fuertes. Nada les impedía hacer y decir lo que quisieran. Y vaya si lo hicieron. Le humillaron y vejaron todo lo que pudieron. Y Jesús, fiel a la misión encomendada por su Padre, no hizo nada, salvo sufrir.

Estamos ante una de las escenas más bochornosas de la humanidad. Y la padeció Jesús, el Cordero de Dios: “Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron y nadie se preocupó de su suerte” (Is 53,8) nos dice el profeta Isaías.

La Pasión de Jesús nos muestra que el camino cristiano no es fácil. Uno se expone a cualquier abuso. Y nuestro psiquismo y sobre todo nuestro ego se oponen rotundamente a poner en peligro nuestra persona. Por eso, ser fiel a Dios es una virtud que cuesta mucho conseguir.

Pero Jesús nos muestra que la fidelidad nos lleva a la verdadera victoria. Siguiendo sus pasos, teniendo un corazón fiel a Dios, no cabe duda de que pasaremos por momentos difíciles, incluso bochornosos. Pero, sabemos que llegaremos “al cielo nuevo y a la tierra nueva” de las que nos hablan Isaías y san Juan (cf. Is 65,17; Ap 21,1). No cabe duda de que merece la pena sufrir por fidelidad a Dios.

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