Jesucristo se vacía totalmente muriendo por amor en la cruz

Toda nuestra vida como cristianos es un continuo vaciarnos interiormente para dejar que Dios reine en nuestro corazón. Y el Espíritu Santo nos ayuda a conseguirlo. Se trata de abandonar los malos pensamientos, afectos, valores y costumbres que guardamos dentro de nosotros y que, a pesar de alejarnos fatalmente de Dios, nos dan mucha seguridad. Desprendernos de todo ello es como quedarnos a la intemperie. Y eso, ciertamente, nos da miedo.

A veces, cuando pensamos en vaciarnos interiormente para llenarnos de Dios, nos viene a la cabeza la aterradora imagen de su Hijo colgado en la cruz, totalmente a la intemperie. Así acabo el que “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo” (Fil 2,7).

En efecto, el evangelista san Juan, testigo directo de su crucifixión, nos cuenta que estando Jesús ya muerto en la cruz, “uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19,34). Ya no quedaba nada más que un cuerpo vacío. Jesús lo dio todo por nosotros. Absolutamente todo.

Se vació por completo físicamente pero, sobre todo, afectivamente. Pues todo lo hizo por amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13) y nadie muestra más amor que quien perdona a sus enemigos (cf. Mt 5,44-48; Lc 23,34).
Jesús lo dio todo en la cruz para la salvación del mundo. Y ello le condujo a su gloriosa resurrección.

María también pasó por la experiencia la cruz. Resonaban con frecuencia en su interior las palabras del sabio Simeón: “¡Y a ti una espada te atravesará el alma!” (Lc 2,35). Ninguna madre debería ver morir a su hijo, y menos tan cruelmente. Ella también renunció a todo. Pero se puso en manos de Dios y superó aquella dura experiencia.

Si queremos llenarnos de Dios, antes debemos vaciarnos. Es decir, si queremos resucitar interiormente, antes debemos morir interiormente. Esa es nuestra cruz. Y esta muerte es dolorosa, pero también, y sobre todo, muy beneficiosa.

Y sólo hay una forma de pasar por la dura experiencia de la cruz: al estilo de Jesús: haciéndolo por amor. Por amor al mundo, por amor a las personas y, sobre todo, por amor a Dios.

La cruz es una entrega total de amor.

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