Jesús con la Cruz a cuestas y nuestra purificación interior

En su subida al monte Calvario, donde va a ser crucificado, Jesús está agotado físicamente, no puede más. La noche en la cárcel, los juicios, la flagelación y la coronación de espinas le han dejado exhausto. Por ello, los soldados tuvieron que obligar a Simón de Cirene a llevar la cruz detrás del Señor (cf. Mc 15,21).

Simón de Cirene no parece que fuera una persona muy religiosa, pues el día de la fiesta de la Pascua venía del campo. La conmemoración de la liberación del pueblo judío de manos de Egipto no significaba mucho para él. Tenía otras preocupaciones más importantes.

Pero el hecho aparentemente fortuito, y ciertamente muy desagradable, de tener que cargar forzosamente con la cruz de un condenado a muerte, le cambio la vida. El que san Marcos nos informe de su nombre y del de dos hijos suyos: Alejandro y Rufo, es una clara señal de que los tres eran conocidos en la comunidad eclesial de este evangelista. Es decir, parece que tras aquella experiencia, Simón de Cirene se convirtió al cristianismo junto con su familia.

En aquella ascensión hacia el Calvario, siguiendo los tambaleantes pasos de ese hombre cubierto de sangre que tanta paz y amor transmitía, del que las mujeres decían a su paso que era el Hijo de Dios, le hicieron experimentar en lo más profundo de su ser el amor salvífico de Dios.

Como a Simón de Cirene, la vida cotidiana nos conduce de formas aparentemente fortuitas a situaciones en las que tenemos que cargar con la pesada cruz de Cristo. Y en esos momentos experimentamos cómo la cruz es una experiencia dura y desagradable, pero, sobre todo y ante todo, purificadora. Llevar la cruz, saber afrontar la dureza del camino cristiano, nos cambia totalmente la vida, como a Simón de Cirene.

La cruz es el mayor gesto de amor de Dios. Cargar con la cruz es cargar con el amor misericordioso de Quien ha vencido al pecado y a la muerte. Nuestra propia subida al Calvario es una experiencia de purificación interior.

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