La Oración en el huerto y la paz interior

A Jesús le gustaba subir a los montes para orar toda lo noche. ¿Ustedes se lo imaginan?: Subir solos a un monte al atardecer, buscar un buen lugar desde el que contemplar tranquilamente la belleza del firmamento, escuchar los susurrantes sonidos de la noche…, y abrir el corazón al Creador. Pasar toda la noche ahí arriba, arropado por la oscuridad, diciéndole a Dios cuanto se le quiere y sintiendo su suave amor en el corazón. Y tras contemplar el amanecer y dar gracias por esa maravillosa noche, descender la montaña.

Eso hacía Jesús a menudo. Pero aquella noche era diferente. Era la víspera de su Pasión. Aquella no era otra tranquila noche de contemplación, sino una turbulenta noche de angustia. Tenía que asumir lo que se le venía encima. Y le costaba hacerlo. Deseaba que las cosas fuesen más fáciles. Pero no debía de cumplirse su deseo, sino el de su Padre.

Y tras un durísimo momento de sangrante sufrimiento interior, aceptó la voluntad del Padre, y llegó la calma a su corazón. Una calma que no perderá en las horas siguientes en las que será difamado, maltratado y asesinado. Y ello le llevará a su triunfo absoluto. A la resurrección.

Esta experiencia de Jesús en el huerto, en cierto modo, todos la conocemos. Todos nos hemos tenido que enfrentar ante una realidad que sabíamos inevitable en nuestro camino cristiano, pero que no nos gustaba y que nos angustiaba. Y le hemos pedido a Dios, con todas nuestras fuerzas, que nos libre de ese sufrimiento.

Sabemos que hay personas que saben abrir su corazón a Dios, mostrarle su angustia, llorar de tristeza ante Él y, al final, aceptar lo inevitable y afrontarlo con calma y llenos de fe. Y conocemos personas que, por el contrario, no son capaces de aceptar el sufrimiento, aunque sea para alcanzar un gran bien.

¿Qué paz encontramos cuando nos limitamos a hacer nuestra voluntad? ¿Y qué fe tenemos si no somos capaces de afrontar los momentos difíciles? En la Oración en el Huerto Jesús nos muestra la gran paradoja del camino cristiano: quien acepta sufrir por el Reino, alcanza la paz interior.

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