La flagelación y el rebajamiento absoluto del Señor

Jesús es comprado y capturado por los mandatarios religiosos, aquellos a los que tantas veces ha dejado en evidencia (cf. Mc 11,27-12,40). Por eso, éstos pretenden ahora degradarle hasta lo más bajo. Al Hijo de Dios, a la Palabra hecha carne, le acusan de falso profeta y de blasfemo (cf. Mc 14,53-65).

Y en el juicio ante Pilato la degradación sigue su curso: ante la opción de soltar a Jesús o a un bandido, sus rivales consiguen que sea liberado el bandido. Y Pilato envía a Jesús, a Aquel que tanto bien ha hecho, para que sea azotado antes de ser ejecutado en la cruz, como un vulgar malhechor (cf. Mc 15,1-15).

Pero no son las autoridades religiosas quienes rebajan al Hijo de Dios, es Él mismo quien ya lo había hecho mucho antes: al hacerse hombre. Y añade san Pablo: “Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,7-8).

En efecto, Jesús, durante su pasión, no siente herido su orgullo, sino su cuerpo, flagelado y atravesado, y, sobre todo, su corazón, profundamente apenado al ver tanto mal, tanto odio, tanta violencia. Por eso “cuando era maltratado, no abría la boca, como cordero llevado al matadero” (Is 53,7), dice el profeta Isaías.

En cambio, a nosotros, que fácilmente se nos hiere el orgullo. A poco que se nos diga o haga algo que no nos gusta, ya nos sentimos humillados. Cuántas cosas buenas no hacemos por orgullo. Cuántos sanadores sufrimientos no somos capaces de afrontar porque pensamos que rebajan nuestra categoría.

Muy a propósito viene aquí acordarnos de la Madre del Señor, María, aquella que se llenó de alegría porque Dios había mirado su humillación (cf. Lc 1,48). Ella bien puede ayudarnos a rebajarnos, a perder nuestro orgullo, a sabernos el más insignificante de los seres humanos, como una mota de polvo que pasa totalmente inadvertida.

El camino cristiano es difícil. Eso bien lo sabemos. Por el Reino, a veces, nuestro cuerpo o nuestro corazón tienen de sufrir, pero nunca nuestro orgullo. Éste ha de desparecer si queremos llegar a buen término.

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