El anuncio del Reino de Dios, un Reino universal

Llama la atención la variedad de lugares y ambientes en los que Jesús anuncia el Reino. Le vemos predicando en Jerusalén y en pueblos muy alejados. En el Templo, en sinagogas o en casas. En el llano, al borde del lago y en las montañas. Cuando la gente está orando, trabajando, en una fiesta o comiendo. Y tras Pentecostés, sus discípulos lo difundirán a todas las culturas. El Reino de Dios no tiene fronteras. Abarca a todos: “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Gal 3,28), dirá más tarde san Pablo.

En muchas ocasiones Jesús acompaña sus predicaciones con curaciones. Es una forma clara de decir que el Reino de Dios no es una idea bonita, ni una utopía, sino algo muy real: “Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11,5/Lc 7,22). Cuando vivimos el Evangelio, nuestros sufrimientos y tristezas pasan a un segundo plano.

Aunque la plenitud del Reino no la viviremos hasta que gocemos de la otra vida, se trata de una experiencia que yo creo que muchos de nosotros, de alguna manera, imperfecta, ya conocemos. Cuando el Evangelio prevalece en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestro lugar de trabajo o en nuestro grupo de amigos, una felicidad muy pura se apodera de nosotros, a pesar de las penurias y dolores que estemos padeciendo. Entonces, en esos momentos, podemos atestiguar que el Reino de Dios está entre nosotros (cf. Lc 17,21). Que no es fruto de nuestra imaginación. Que es algo muy real.

Todos estamos capacitados para experimentar el Reino de Dios. Todos. Aquí y ahora. Sólo tenemos que vivir interiormente y compartir con nuestro prójimo el Evangelio predicado por Jesús. Anteponer los valores evangélicos a nuestros caprichos. Y cuando eso lo hacemos, y vivimos la felicidad del Reino, entonces no podemos evitar dar testimonio y predicar lo que estamos viviendo. No podemos quedarnos con ello. Debemos compartirlo.

No importa dónde estemos ni lo que seamos, Jesús nos invita siempre a colaborar en la construcción del Reino. Esa es la vocación fundamental de todo cristiano. Es más, esa es la vocación fundamental de todo ser humano. Todos estamos llamados a participar de la plena felicidad del Reino de Dios. Un Reino que no tiene fronteras.

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