La Transfiguración y la felicidad de estar junto al Señor

El primer capítulo del libro del Génesis insiste en decirnos que Dios ha hecho bien la creación (cf. Gn 1,10.12...). Y cuando uno habita un mundo está bien hecho, es inevitable sentir, al menos de vez en cuando, un gran placer. ¿Quién no ha disfrutado del agradable olor del jazmín, del dulce sabor de la miel o de la belleza de un cielo estrellado?

Y mayor placer sentimos aún cuando disfrutamos de la convivencia de la más importante de las criaturas: el ser humano. ¡Qué agradable es conversar con un buen amigo mientras se pasea por un parque! ¡Qué bien nos sentimos cuando sabemos que alguien nos quiere, nos escucha y nos comprende! ¡Qué felices somos amando a otras personas!

Pero no hay mayor placer que el estar junto a Dios. Nada nos aporta más felicidad: “Tu, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino” (Sal 4,8) dice el salmista. Y de esto nos habla precisamente el pasaje de la Transfiguración. Jesús sube al monte Tabor con tres discípulos escogidos por Él para mostrarles su divinidad y la felicidad que se experimenta al conocerla.

Jesús va de camino a Jerusalén, donde sufrirá enormemente: el Hijo del hombre tiene padecer mucho antes de resucitar (cf. Mc 8,31). Transfigurándose en la cima del monte Tabor, Jesús nos dice que Ese que va a sufrir tanto por todos nosotros es la fuente de la mayor felicidad.

Y yo creo que todos nosotros sabemos un poco de qué nos habla Jesús. Como san Pedro, todos hemos experimentado durante nuestra oración, alguna vez, una felicidad tal, que hemos deseado quedarnos ahí para toda la vida. Cuando oramos, de vez en cuando Jesús nos adentra hasta lo más profundo de nuestro corazón y ahí se transfigura, mostrándonos toda su divina belleza, toda su divina dulzura, todo su divino amor.

En la vida hay muchas cosas buenas, muy buenas, pero ninguna como estar junto a nuestro amado Jesús. Nada nos hace más felices que experimentar su divinidad en lo más profundo de nuestro corazón.

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