Transfigurados por la generosidad del Padre

Quizá no haya en la tradición judeo-cristiana un personaje tan emblemático como Abraham a la hora de pensar un ejemplo de entrega y generosidad sin límites. Ofrecer lo más importante de la propia vida, aquello por lo que se ha luchado toda una vida, es lo que distingue al patriarca padre de la fe. Por todas las consecuencias que esto tiene para el creyente es que parece muy oportuno que su ejemplo aparezca temprano en la liturgia de la cuaresma. Una fe que abandona la existencia toda en manos de Aquel a quien y en quien se cree es el fin del camino de conversión de este tiempo litúrgico.

Es la entrega sin reparos de ningún tipo lo que todo el ejercicio cuaresmal tiene como horizonte. Ayunar, rezar, dar limosna, son las acciones-símbolo que la cuaresma nos propone como resumen de una vida evangélica integral mediante la cual madurar en la disposición a una entrega semejante a la de Abraham. Claro que para este madurar hace falta comprender la espiritualidad de la cuaresma como parte indispensable de la vida de seguimiento de Jesús en su totalidad. No es tiempo de un mero hacer buena letra. Es tiempo de oportunidades para consolidar la imagen de Jesús en nuestros pensamientos, acciones, sueños, proyectos…

Sin embargo, habrá que hacer una leve corrección a lo dicho en el inicio de esta meditación. Sí que hay un ejemplo aún mayor que el de Abraham como arquetipo de generosidad y entrega. Incluso, Abraham es la figura que de alguna manera adelanta y anuncia al que por su donarse ha hecho posible la esperanza inquebrantable de una vida y un mundo mejor. El Padre que, generosa y misteriosamente, entrega a su Hijo por nosotros es el modelo insuperable de la generosidad desinteresada. Todo colabora a acrecentar sin límite posible la inmensidad del Dios de Jesucristo. Es inmenso por su donación y la gratuidad; es inmenso por lo que entrega o, mejor, por Aquel a quien entrega; es inmenso por la indignidad casi irremediable de quienes recibimos semejante beneficio; es inmenso por… En fin, no hay posibilidad alguna de presentar un paralelo digno a la generosidad de la entrega del Padre. Esa generosidad estamos llamados a imitar, como en su tiempo hizo Abraham. La cuaresma es tiempo para enfocarnos con especial cuidado y atención en lo que precisamos para madurar en nuestra personal y comunitaria entrega a la luz del ejemplo del Padre.

¿Cómo enfocarnos y concentrarnos en este tiempo para crecer en la entrega? El evangelio de este domingo nos lo aclara por medio del consejo de Dios Padre: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. El don del Padre tiene aspectos originales por los que resulta maravilloso. Por eso, no sólo es posible reconocer la grandeza del corazón paterno sino, además, descubrir que su donación es la oportunidad más valiosa que se nos ha dado. La oportunidad de tener en Jesucristo, el Hijo, el entregado por el Padre, la presencia divina que hace posible el proyecto de santidad que en cuaresma renovamos. Aquel a quien el Padre entrega, Aquel que es el don del Padre, es el enviado como luz que transfigura nuestras vidas como aquella vez transfiguró sus vestiduras. Por eso, la admiración deslumbrada de Pedro, Santiago y Juan, puede reproducirse en todos los testigos de las vidas cristianas ordinarias transfiguradas por la acción de la gracia de Jesucristo. Esta transfiguración, universal en sus posibilidades, justifica y es la única explicación posible de los acontecimientos indescifrables de la Semana Santa.

El “escúchenlo” que el Padre pronuncia en cada liturgia cuaresmal a lo largo de la historia es el resumen del Evangelio. Escuchar es seguir, imitar, obedecer, atender… En el escuchar al que el Padre convoca a la Iglesia se puede encontrar una síntesis de la vida cristiana. El cristiano es aquel que escucha; porque detrás del escuchar está el corazón y la mente; porque después del escuchar sobreviene la acción consecuente. El escuchar es prestar el oído -y con el oído el espíritu y el cuerpo- a la Palabra que forma al creyente.

Jesús, al que hemos de escuchar, es la respuesta a la legítima duda acerca de nuestras limitaciones a la hora de encarar el proyecto de ser generosos y entregados como el Padre. Sin Jesús es una verdadera utopía pensar que podríamos acercarnos siquiera a una mínima expresión real de la generosidad paterna. Con Jesús, que acorta hasta lo inimaginable las distancias entre el Padre y la humanidad, se aclara el horizonte de vida divina hacia el cual nos encamina la propuesta de la liturgia cuaresmal. En la transfiguración Jesús está, simultáneamente, lo más íntimo del Padre y de los hombres que es posible en esta vida. Así, los apóstoles pueden vislumbrar lo que se nos promete y, a la vez, Jesús puede gustar la presencia del Padre cuyo recuerdo será indispensable para la experiencia de la cruz. Jesús transfigurado es la garantía de que lo que se nos pide -que es a la vez lo que se nos entrega- es posible. No hay obstáculo que sea capaz de obstruirnos el camino de modo que nos sea imposible recorrerlo. La confianza brota del Dios de Jesucristo predicado por Pablo y que “está con nosotros”. Es el Emmanuel cuya presencia lleva a término de plenitud la entrega generosa del Padre. Nadie puede contra nosotros pues la promesa del Padre es irrevocable. Nadie puede contra nosotros porque nadie puede contra el Dios de Jesucristo que habita en nosotros. Por eso, renovamos el ánimo de una santidad al alcance de la mano por la acción de la gracia del Padre en nuestras vidas.

El autor de esta homilía

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