María, en la mañana de Pascua

Artículo de fr. Hervé Jégou, Capellán Nacional de Francia, publicado en el Folleto mensual de oración de los Equipos del Rosario Nº419 - Abril 2017



Regresaba del Gólgota tras haber tenido por última vez a Jesús en sus brazos al pie de la cruz. Había recibido su cuerpo en el hueco de su seno como el primer día a su hijo recién nacido. Un cuerpo ahora marcado por tantos sufrimientos, cubierto de sangre pero que reposaba ahora en la paz. La piedra de la tumba corrida con precipitación porque empezaba el Sabbat, es con Juan, único compañero de Jesús que no huyó, con quien ella regresó al centro de la ciudad. Por el camino, todos los sucesos trágicos de las últimas horas le venían a la memoria. Como le volvían también las últimas palabras que Jesús le había dirigido: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. ¿Qué cosa tan importante quería decirle antes del último suspiro? ¿Y qué quería decirle a Juan con las palabras “he ahí a tu madre? Demasiado turbados el uno y la otra para entender, sabían en el fondo de ellos mismos que estaban en adelante unidos uno al otro por las palabras de Jesús.

La noche y el día siguientes el silencio había reemplazado la agitación dramática de los últimos días. Un silencio roto por los sollozos de las otras mujeres que no la habían querido dejar sola. La ciudad de Jerusalén había quedado en calma, respetando el descanso del Sabbat después de haberse quitado de delante una vez más un profeta. Día sagrado en el que la vida parecía detenerse en recuerdo del séptimo día de la Creación. Día bendito (Gen. 2,3) durante el cual Dios descansaba tras concluir la obra. Día bendito. Si, este era un día bendito. Ella no sabía por qué, pero a través de su sufrimiento estaba persuadida de que este era un día bendito…

Hundida por el dolor que sólo una madre puede comprender, María releía en su corazón tantos acontecimientos, empezando justamente por el día en que todo comenzó. La irrupción del ángel en su casa: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder de lo alto te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. (Lc. 1, 35). Volvían los recuerdos: su visita a Isabel y el canto de alegría que había salido de su corazón, las palabras del viejo profeta Simeón en el Templo: “Una espada te traspasará el alma”. Si, es cierto lo que dijo. ¡Cómo expresar mejor lo que iba a vivir! Aunque si sabía eso es quizá porque todo estaba escrito. Y que lo que había dicho el ángel era totalmente cierto: “el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. (Lc. 1, 32-33).

¡Su reino no tendrá fin! No olvidaba estas palabras. ¡Su reino no tendrá fin! Esta muerte no era pues un fracaso. ¡Su reino no tendrá fin! Dios no había sido vencido. ¡Su reino no tendrá fin! Ese día era un bendito día. Su reino no tendrá fin…

Tras haberse dormido por fin, vencida por el cansancio, abrió los ojos despertada por un sobresalto de alegría que había mitigado toda su tristeza. Un sentimiento de paz curiosamente le había invadido. Ya había salido el sol. Se dio cuenta entonces de que las otras mujeres habían salido ya hacia la tumba para dar un último homenaje al cuerpo de Jesús. Habían marchado sin ella sin duda queriendo no interrumpir su sueño.

Sentada al borde de su cama, sintió de repente una presencia. Volviéndose, le vio en la luz del sol. No podía creer lo que veían sus ojos, pero su corazón palpitaba tan fuerte…

Si, estaba allí, en verdad era su hijo. Un hijo que tres días antes había enterrado cuando ya no tenía rostro humano. Un hijo en pie, bien vivo, ante ella, para siempre. Un hijo deslumbrante de gracia, bello como ningún hijo de hombre (Sal 44, 3). Su hijo que estaba muerto pero que ha vuelto a la vida (Lc. 15, 32).

De su corazón brotaron entonces de su cuerpo (Sal. 44, 2): “Mi alma exulta al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. El Poderoso ha hecho maravillas; su nombre es santo. Ha enaltecido a su siervo. Se ha acordado de su amor y de la promesa hecha a nuestros padres, a favor de Abraham y su descendencia por siempre (Lc. 1, 47.49.543.55). Si, Su reino no tendrá fin”. Y se inclinó.

Avanzando hacia ella el Señor le dijo: “Levántate, madre mía, ven, absolutamente bella. ¡Alégrate! Estoy contigo (Lc. 1, 28). Aquí estoy, regresado del reino de las tinieblas donde la muerte ha sido vencida. Aquí está la primera mañana del mundo. Ha pasado el invierno, ha terminado la estación lluviosa, se ha ido. En el campo aparecen las flores. Llega el tiempo de los cantos”.

Tomándole las manos para acariciarlas como ella lo hacía tan a menudo cuando era un niño en Nazaret, se dio cuenta de que todavía llevaban las señales de los clavos (Jn. 20, 27). Pero esas cicatrices las hacían aún más bellas pues eran el signo del amor victorioso. Levantándose se acurrucó en sus brazos en lo que significó para ella un abrazo de eternidad. Entonces le dijo al oído: “Subo al Padre” (Jn. 20, 17).

Ella estaba después sola en la pequeña habitación pero su corazón desbordaba de alegría. Las palabras del salmo subieron al recuerdo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, la maravilla ante nuestros ojos. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117, 22-24). Si, ese día era el día del Señor, el día del sol invencible.

Recordaba también las palabras de Jesús: “Mujer, he aquí a tu hijo” y entendió lo que Jesús le había querido decir. Acababa de atravesar todos esos acontecimientos dolorosos sin perder la esperanza, hasta ese día de gloria. Podría en adelante apoyar a todos los discípulos del Hijo Resucitado para conducirlos hacia la esperanza de la mañana de Pascua.

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