“Tus pecados son perdonados” (Lc. 5, 20)

Artículo de fr. Jean-Pierre Brice Olivier, dominico, Capellán Nacional adjunto de Francia, publicado en el Folleto mensual de oración de los Equipos del Rosario Nº418 - Marzo 2017


No confundamos la misericordia con el perdón de los pecados. El perdón está incluido en la misericordia, pero la misericordia es mucho más amplia que el perdón.

El arrepentimiento, necesario para el perdón, raramente es expresado en el Evangelio. Jesús jamás reprocha, lo mismo que no exige el arrepentimiento, ni a Zaqueo ni a la Magdalena, ni a la samaritana ni a todos los que le reciben.

El perdón se aplica al pecado que concierne al actuar y sus consecuencias, allí donde la libertad y la responsabilidad de las personas están comprometidas. Para ello hay en la Iglesia Católica un sacramento: el de la reconciliación con la absolución que, en nombre de Dios, borra toda deuda.

Si el perdón se aplica al pecado, al “hacer”, a los actos de los que somos responsables, la misericordia atañe al ser completo, allí donde la acusación quisiera destruir a la persona. La acusación, de los demás o de nuestro propio corazón, cae sobre quien yo soy: “Eres idiota, malo, nadie…” De forma que nuestro ser, tan desconocido para nosotros mismos, no es conocido para nadie más que para Dios, y jamás puede ser reducido a una fórmula de tres palabras.

La misericordia no depende pues del pecado o de la situación moral de alguien, es el amor gratuito, absoluto de Dios siempre disponible, una clase de inmersión de gracia sin condición.

La misericordia ofrece recolocar a cada persona en su integridad y su unidad. Repara, rehabilita, restaura. Rompe el aislamiento del ciego, del paralítico, del leproso, para hacerles retornar a una comunión.

La misericordia se opone a la vergüenza y la humillación. Dios viene a decirme que no me quiere otro ni que sea de otra manera de cómo soy. Comparte su gloria y conmigo construye mi ser.

No hace excepción con nadie y ningún acto, ni situación, ni moral alguna puede impedirle amarme.

Dios, autor de la vida, está presente en la concepción de cada ser humano para darle vida. De ahí que en cada persona queda un germen de inocencia. Se trata del lugar más personal e íntimo, el “yo soy” imposible de ser invadido, inalcanzable por el mal ni por nadie. Sólo Dios puede abordar las orillas más íntimas del ser, si el hombre lo autoriza.

En el sacramento de la Reconciliación, el sacerdote se hace testigo de la inocencia de la persona y es llamado a entronizar a esta persona en su inocencia. Cierra los ojos al resto. El confesor funde al penitente en la parte incorruptible de su ser: el “yo soy” personal que comunica con el “Yo soy” de Dios.

La iglesia –con mayúscula o sin ella– debe ser una comunidad de misericordia donde fraternidad y acogida no son palabras vacías, donde nadie, jamás, puede ser excluido.

El paralítico del evangelio se beneficia de la misericordia de los que lo acercan a Jesús, sobre la camilla y a través del tejado de la casa.

Dios cuenta con la misericordia de los hombres, necesita de ella. Dios ha mendigado la misericordia de María y de José. Se inclina sobre su humilde siervo, el Todo-Poderoso se inclina ante ella para, respetuosamente y casi tímidamente, pedirle el favor de darle una silla a su hijo. Al igual que cuenta con la misericordia de José que, en su libre albedrío, puede decidir repudiar a su prometida. Imbuidos de la Palabra de Dios, conociendo la misericordia que se prolonga de generación en generación, María y José colaboran con esta obra de salvación para la humanidad.

Igualmente hoy, Dios cuenta con nuestra misericordia para llevar a cabo su plan de amor y salvación con todos los hombres. Necesita nuestra colaboración.

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