La presencia real de la Virgen María, Madre de Misericordia, en el Santo Rosario

Un artículo extracto de una conferencia de Juan Jesús Pérez Marcos, OP, presidente de la Fraternidad Laical Dominicana "Dulce Nombre de Jesús" en Jaén y Vice-Presidente provincial de las Fraternidades Laicales Dominicanas de la provincia de Hispania


1. El Rosario, como ejercicio de piedad popular, es «fruto del Evangelio inculturado y obra del Espíritu Santo»[1], un «precioso tesoro de la Iglesia Católica»[2] porque refleja la sed de Dios, es expresión misionera y puede ser la manifestación de una vida teologal.

2. Los cristianos, animados por el Espíritu Santo, tenemos una verdadera devoción[3] hacia la Santísima Virgen María por su dignidad de Madre de Dios y por ser el prototipo del creyente que recibe y acoge la Palabra. Esta devoción nos hace venerarla, amarla, invocarla e imitarla de forma suprema como camino de santidad.

3. El Rosario es la plegaria mariana más protegida, recomendada y difundida por los Sumos Pontífices desde el s. XIII por ser «un evangelio compendiado y (porque) dará a los que lo rezan los ríos de la paz, de los que habla la Escritura. Es la devoción más hermosa, más rica en gracias y gratísima al Corazón de María.»[4] La razón de esta actitud de los Sumos Pontífices se debe a que 1) el Rosario fomenta en alto grado la gloria de Dios, 2) la santificación de los hombres por identificación con Cristo, 3) la ayuda que se recibe de Dios a través de las numerosas gracias que se derivan de su práctica, 4) el ser una oración del corazón y 5) un medio de evangelización[5].

4. El Rosario nos pone «en comunión vital con Jesús a través del Corazón de su Madre»[6], la Virgen María. Es un sacramental que nos configura con Cristo imitando a María, conservándolo todo en nuestro corazón; y, como ejercicio de cristiana devoción -forma de unión con Dios y siempre de alta elevación[7]- el lugar del Rosario para los eclesiásticos será después de la Misa y el Oficio Divino y para los seglares, después de la participación en los sacramentos, siendo los principales, entre los que podemos recibir más de una vez, la Eucaristía y la Reconciliación.

5. La presencia de la Virgen María en la Orden de Predicadores es una herencia recibida directamente de Ella, Madre de Misericordia, que regaló a Sto. Domingo de Guzmán el Santo Rosario como prenda de su amor y símbolo visible de que siempre estaría presente con quienes lo tuvieran en las manos, lo rezasen mental y vocalmente y lo guardaran y contemplasen en su corazón.

6. La Virgen María en los años de la vida pública de Jesús y la Iglesia primitiva tuvo una presencia orante; hoy, mantiene una presencia orante y operante porque nos sigue manteniendo unánimes, a través de la oración, contemplando y meditando los misterios del Hijo de Dios. El Rosario es, por tanto, la contemplación de Cristo -presente de una manera particular entre nosotros- en comunión con María. Luego cuando se reza el Rosario no se está en soledad. Animados por el Espíritu Santo, contemplamos a Cristo, acompañados por la presencia de María, para realizar el proyecto del Padre. El Rosario, por tanto, no es sólo una oración mariana, sino que es principalmente cristocéntrica, además de trinitaria, eclesiológica, pastoral… teologal.

7. Cuando estamos rezando el Rosario mantenemos una relación íntima, viva y recíproca con la Santísima Virgen María. Ella está realmente presente provocando un acto plenamente humano que nos llena de gozo y de paz el corazón. La experiencia de amor filial está esencialmente ligada al amor maternal que nos tiene la Madre de Dios. Superando los vínculos naturales, temporales y espaciales -por su asunción[8]-, María es la Madre de todos los cristianos -de cualquier época y lugar- y se hace presente cada vez que es invocada con amor filial.

8. El rezo del Rosario reproduce, a través del orante, la esencia contemplativa de la Virgen María y Ella, consecuentemente, se hace presente actualizando su misión de intercesión y salvación[9]. Cuando rezamos es Ella quien reza, ruega, consuela, unifica, educa y revela a Cristo.

9. El Santo Rosario es una escuela de conocimiento y de amor. La contemplación y meditación de los misterios nos enseña la vida de Cristo y de cómo la de María, su Madre, estuvo íntimamente ligada a la de Él desde el misterio de la Encarnación hasta el de la Asunción. Esta presencia intelectiva de María es el inicio del camino del amor hacia Ella y su Hijo pues, si amamos lo que conocemos, ya Ella ha sido la Maestra que nos ha introducido en la pedagogía de la gracia y el amor. La presencia afectiva de María despierta en nosotros el amor filial hacia Ella y fraternal hacia Jesús -su Hijo y nuestro Hermano- y, seguidamente, no podemos más que amar más y más. El amor nos hace y nos deja hacer en la gracia. Esta presencia operativa de María conforma nuestra vida con la de Cristo. A través del Rosario la Virgen María se hace, primero, presente realmente y, después, obra en nosotros la comunicación de vida que nos hace partícipes de la plenitud de la gracia.



[1] Evangelii Gaudium, 126, Papa Francisco

[2] Discurso de Benedicto XVI (Papa) en la sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe el 13 de mayo de 2007.

[3] Lumen Gentium, 66

[4] Breve Egreiis, Beato Pío IX, Papa, 3/dic/1856

[5] Cudeiro González OP, fr. Vicente, El Rosario de María. Historia y valores de esta devoción mariana, Jaén, 2007, pp. 59, 62, 65 y 68.

[6] Rosarium Virginis Mariae, 2, (Papa) San Juan Pablo II, 2002 (2002-2003 fue el Año del Rosario).

[7] Encíclica Il religioso convegno, Beato Juan XXIII, Papa, 29/sept/1965

[8] Lumen Gentium, 62.

[9] Lumen Gentium, 62.

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