Dios es amor y tiene misericordia

Editorial - Junio 2016 - Nº 410

Tema del año 2015-2016:
“Permaneced en mi amor” (Jn. 15, 9)

 

La misericordia es el amor de Jesús que viene a salvarnos. Su Padre viene a llevarnos con Él al Reino del Amor. Lo hemos visto con María y Juan al pie de la cruz fluir del corazón traspasado de Jesús. Lo hemos visto en la tumba vacía con Pedro y Juan la mañana de Pascua. Y a María Magdalena, que quería retenerlo, Jesús anuncia el final de su misión: voy al Padre que es vuestro Padre. Ese es todo el Evangelio, la Buena Nueva que invierte nuestra vida: podemos llamar al Padre de Jesús Padre nuestro. Y Él hace de nosotros sus hijos en Cristo. Y nadie en el mundo puede arrebatarnos nuestra alegría.

Este amor de Dios es la fuente de la Misericordia que nunca se agota.

Si me amarais, dice Jesús, os alegraríais de verme volver junto al Padre. Pero una marcha se hace triste pues sabemos lo que perdemos, pero no sabemos lo que vamos a encontrar.

Es tiempo de vivir la Ascensión de Jesús como una inmensa fiesta pues corona toda la misión completa y exitosa de Jesús. Si, el Amor ha llegado al límite y ha traído la victoria sobre la muerte y sobre todo lo que conduce a la muerte.

También es tiempo de vivir del Espíritu Santo pues es verdaderamente el Espíritu de Cristo Resucitado que guía a su Iglesia. Algunos dicen que no nos podemos alegrar mientras hay esa oleada abatida de refugiados o esas víctimas de atentados abominables. La comisión internacional de teología acaba de decir: “Matar en nombre de Dios es una herejía”. ¡Y ha ocurrido tantas veces en la historia!…

¿Qué hacer pues? ¿Permanecer solos? ¿Cerrar los ojos? No, la alegría que nos da definitivamente Jesús Resucitado nos da la fuerza de amar como Jesús nos ha amado. ¡Hasta el extremo! Y María no se ha hundido ante el crimen de la cruz, está de pie y mira hasta el fin a su Hijo que salva al mundo por amor. El Amor nos salva de la violencia que podríamos hacer a los otros, de los celos, del espíritu de revancha o de dominación.

Que nuestros Equipos a través del mundo vivan y compartan esta alegría de amar en nombre del verdadero Dios, más fuerte que la violencia que parece acarrear el mundo en su locura.

Entonces sí, podremos reconocer todos los signos de la presencia de Cristo Resucitado en nuestro mundo: su Palabra viva y compartida, su cuerpo entregado en cada Eucaristía, el mandamiento del amor fraterno, la acogida del pobre y del pequeño que está sin ayuda, el Espíritu que sopla donde quiere.

¡Si, cantemos juntos el Aleluya de nuestra alegría!



P. Gilles Danroc, dominico
Capellán Internacional


Editorial - Septiembre 2016 - Nº 412


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