María, Madre de los hijos de Dios

Artículo de fr. Didier Vernay, Dominico, Capellán Niza Provenza-Alpes Costa Azul, publicado en el Folleto mensual de oración de los Equipos del Rosario Nº409 - Mayo 2016


Cada año, con el mes de mayo, el mes de María vuelve como las golondrinas en primavera. Los mayores se acordarán de los meses de María de su infancia. Se emocionarán recordando aquellos pequeños altares hechos en casa para honrar en familia a la Virgen María. Había también procesiones en su honor, las letanías de la Santísima Virgen, y la oración cotidiana del rosario acompañada de la meditación de los misterios.

¿Pero sabéis por qué razón la Iglesia concede tan gran lugar a la Virgen María en la oración tanto popular como monástica? ¿No habéis sabido, como yo, que no hay otra oración que la que se vive con y por Jesucristo?

Al comienzo de lo que llamamos la vida pública de Jesús, en el evangelio de las bodas de Caná (Jn 2, 1-11), descubrimos a la Virgen María atenta a los pequeños detalles de la vida de los hombres. Ella constata que la alegría de las bodas puede ser comprometida por la falta de vino. Ella lo da a entender a su Hijo, porque sabe, como sólo una madre puede saberlo, que es propio del poder de amor de Jesús, su hijo bienamado, procurar el vino de fiesta capaz de alegrar el corazón de los hombres. Ella capta un acontecimiento banal, posible fuente de mayor perturbación, para abogar por la causa de los novios, como ella aboga ante su Hijo Jesús por la causa de los hombres, que somos sus hermanos y hermanas en humanidad.

Al final de su vida, clavado en la cruz, Jesús “viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: -Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27).

María recibe verdaderamente de su Hijo Jesús la misión de velar como una madre sobre aquellos y aquellas que han llegado a ser hijos de Dios por el bautismo. Ella intercede por cada uno de nosotros. Ella reza también por todos los hombres que están presentes en el corazón de su amor y de su misión maternal. Ella presenta al Padre en la oración de su Hijo y en la dulzura y el amor del Espíritu Santo, la súplica de los hombres, sus expectativas, sus gritos, sus angustias y su revuelta. Ella es en verdad lo que respondió al arcángel San Gabriel en el día de su Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Si es verdad que toda oración pasa por Jesús para ir hacia el Padre, no es contrario a la condición de discípulo depositar lo que desborda de su corazón de hijo, entre las manos de aquella a la que reconoce como su madre admirable.

Querría invitaros a la oración del rosario, letanías, procesiones de antorchas, cantos a la Virgen… numerosos son los medios propuestos para vivir un hermoso encuentro con la Virgen María, depositar en su corazón de madre nuestras preocupaciones, nuestros pesos y nuestras alegrías. Y vivir así en cristiano cada día, por los caminos del Evangelio de misericordia y de paz.

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