Dijisteis ¡Resurrección!

Artículo de fr. Hervé Jégou, Capellán Nacional de Francia, publicado en el Folleto mensual de oración de los Equipos del Rosario Nº408 - Abril 2016


Un sondeo realizado en Abril de 2009 revelaba que sólo uno de cada diez franceses creía en la Resurrección. Todavía era más sorprendente otra cifra: sólo el 57% de los católicos practicantes regulares decían creer en la resurrección. No me atrevo a imaginar los resultados de un sondeo análogo siete años después.

“No está aquí, ha resucitado”. Éste es el extraordinario mensaje que dos ángeles anuncian a las mujeres que vinieron temprano a la tumba de Jesús (Lc 24, 6). Una tumba que está vacía y que no cesa de plantear a la humanidad la cuestión del porqué y del cómo. Para algunos, todo esto no sería más que superchería: Jesús no habría muerto y, en caso contrario, sencillamente su cuerpo se habría sutilizado. Para otros, toda esta historia no sería más que mentira, porque nadie puede regresar de la muerte. Para otros al fin, todo esto no sería más que el fruto de una ilusión que un grupo de discípulos habría partido a propagar para sublimar el sufrimiento de una enorme decepción.

“No está aquí, ha resucitado”. Todo habría sido mucho más fácil si esta resurrección hubiera tenido lugar dentro de una puesta en escena idéntica a lo que pasa el Viernes Santo: esta oscuridad en pleno mediodía. ¿Por qué no ha habido grandes resplandores o grandes luces en medio de la noche para manifestar de cara al mundo el gran misterio de la victoria de la vida sobre la muerte en la persona del que había sido crucificado? Pero nada de todo eso ha pasado, aparte quizá el desplazamiento de esta piedra que nadie ha sabido decir por qué y por quién fue rodada.

“No está aquí, ha resucitado”. Nadie fue testigo de la resurrección de Jesús. Ninguna cámara de vigilancia captó este instante porque nadie hubiera tenido, de ninguna manera, la idea de poner una cámara en una tumba en el fondo de la cual, por definición, ya no sucede nada.

Así pues, no hay testigos de la resurrección. Pero testigos del Resucitado, ¡sí! Mujeres y hombres como vosotros y yo, para quienes este encuentro cambió la vida. María Magdalena en el huerto, de tal manera abatida por la desaparición del maestro que primero lo tomó por un hortelano. Pedro y Juan, que habían corrido juntos para descubrir en la tumba vacía el desorden dejado por los lienzos “en el suelo”, y el sudario que “no estaba en el suelo con las vendas, sino enrollado aparte”. Esta visión fue para Juan una evidencia: “vio y creyó”. Hubo a continuación el encuentro del Resucitado con los otros discípulos en el Cenáculo, y más tarde a orillas del lago de Tiberíades. Sin olvidar el encuentro en el camino de Damasco entre Pablo, fariseo, y aquél que le dice en la claridad de una luz venida del cielo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”.

Desde hace dos mil años, hay cristianos que, de generación en generación, han experimentado el encuentro con Cristo resucitado. Ninguna prueba puede ser dada, sino el fuego que embarga todo el ser de quien ha experimentado el encuentro, la alegría que viene a abrazar el corazón de quien se deja aproximar por el Resucitado. Una experiencia conmovedora hasta el más alto punto, que hace decir a quien ha tenido la gracia de vivirla: ¡ha resucitado verdaderamente! Entonces la resurrección ya no es una cuestión sino una certeza de fe. Por supuesto que hay cuestiones que permanecen para el creyente, pero ¿cómo comprender por la inteligencia lo que se revela por el corazón?

La resurrección ya no es entonces una cuestión exterior que habría que comprender. Es una realidad interior que no puede verse más que con el corazón. Es Vida, puesto que nos conduce a zambullirnos en las aguas bautismales para resucitar nuestras almas con Cristo.

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