Año nuevo, hombre nuevo

Como nos recuerda el editorial de este boletín, el nuevo año es una invitación a no olvidar que somos hombres nuevos. Cristo, venido en la carne para tomar nuestra humanidad en el misterio de su Encarnación, nos hace entrar en su divinidad por el misterio de su muerte y de su resurrección.

Por la gracia de nuestro bautismo hemos sido hechos hombres nuevos.

Este hombre nuevo es un hombre de comunión. Miremos la imagen de nuestro tema del año. Estamos en la mesa de la Eucaristía. Jesús aprieta contra su corazón al apóstol Juan, totalmente abandonado. Están tan unidos el uno al otro que no hay ningún espacio para que alguno pueda deslizarse entre sus corazones. Están en perfecta comunión. Unido a Jesús, Juan reposa en la comunión que une al Hijo con su Padre en el Espíritu. Esta escena hace ver lo que Jesús proclama en su oración: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros” (Jn 17, 21).

Pero bajo la mano izquierda del Señor, que invita a cada uno de nosotros a unirse a él para vivir en comunión con él, otra mano busca “su parte”. No para recibir, sino para tomar. Una mano que no quiere el encuentro, sino que busca huir con su botín. “En cuanto Judas tomó el bocado, entro en él Satanás” (Jn 13, 27). Mientras Jesús da su vida para que sea posible la comunión entre el hombre y Dios, he aquí que se manifiesta el rechazo de esta comunión. El espíritu del mal se introduce en el corazón de Judas para separarlo del corazón de Jesús. Este rechazo de la comunión alcanza a Jesús en pleno corazón. El evangelio de Juan nos dice que “Jesús se conmovió en su espíritu” (Jn 13, 21). Jesús se conmueve cada vez que un hombre rechaza su mano tendida, su invitación a vivir en comunión con él. El “Satanás” al cual hace alusión Juan este espíritu del mal que se interpone entre nuestro corazón y el corazón de nuestro Salvador. Porque no hay más que un espíritu de división para destruir nuestra comunión con Cristo y para impedirnos llegar a ser hombres nuevos. Es lo que impide la comunión. Por ello, en la oración del Padrenuestro decimos siempre: “no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal”.

Por eso Cristo ha dado su vida por nosotros. Misterio del esplendor del Amor que nos sustrae cada segundo al padre de la mentira. Amor que nos invita a hacer lo mismo viviendo la comunión con él y con el prójimo. Ahí está todo el ideal de vida dado por Cristo a sus discípulos: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn. 13, 34). El hombre nuevo es el que lucha hasta su último minuto por cumplir este mandamiento en su vida.

Para llevar a buen puerto este bello proyecto de vida, el hombre nuevo no es abandonado a sus únicas fuerzas. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. En los Equipos del Rosario los lazos que nos unen están tejidos por las gracias de la comunión y de la unidad que pedimos en cada encuentro. Estas no se dan de una vez para siempre, sino que hay que volverlas a pedir a Dios cada vez con docilidad y humildad. Cuando la comunión se hace presente en nuestros encuentros y asambleas nos llenamos de alegría, pero a veces es también un verdadero desafío que cuidar.

Al alborear este nuevo año, por intercesión de la Virgen María, Madre de Dios y por la mediación fiel de los Misterios del Rosario, vivamos un corazón a corazón con Nuestro Señor. Y seamos, queridos Equipos del Rosario, hombres nuevos, hombres de comunión.

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