El rostro de la misericordia

La misericordia es lo genuino de Dios, cuya omnipotencia consiste precisamente en hacer misericordia”. (Sto. Tomás de Aquino)

Dios siempre ha buscado la mayor proximidad con cada persona humana. Ha querido hacerse próximo al hombre lo más cerca de su realidad y de su condición. Es lo que nos enseña toda la Escritura. Dios desea de tal forma esta comunión con la humanidad que él mismo se ha hecho hombre. Jesús-Cristo, en su encarnación, es la expresión total de la misericordia de Dios. El Papa Francisco nos lo recuerda en la Bula “Misericordiae Vultus” (el rostro de la misericordia) del 11 de Abril de 2015: “Jesús-Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana está enteramente ahí. Vivo y visible, espera su culmen en Jesús de Nazaret”.

A lo largo del Evangelio Jesús nos muestra sin cesar el amor del Padre hacia cada hombre y mujer, un amor que supera todas las distinciones y todas las morales del mundo: samaritano, publicano, pagano, centurión romano, prostituta, ladrón, leproso, adúltero, enfermos de todas clases… nadie es lo bastante feo o pobre o retorcido o pecador para que Dios no quiera acercarse a socorrer, curar, levantar, perdonar, salvar. Sólo cuenta el deseo de la persona.

Lo vemos en el texto bien conocido del encuentro de Jesús con Zaqueo (Lc. 19, 1-10). Un hombre pequeño quiere ver a Jesús, sólo verle –la palabra se repite tres veces- quizá una curiosidad, pero sobre todo una sed de ser reconocido y conocido. Así, es Jesús quien ve a Zaqueo sobre su árbol y le declara: “Es preciso que me quede hoy en tu casa”. Quedarse, habitar, estar en su casa, compartirlo todo con él, lo bueno y lo malo.

Desciende deprisa… Zaqueo descendió a toda prisa…” No hay tiempo que perder, es urgente. Dios quiere morar en nosotros, no sólo en nuestra morada, sino sobre todo en nosotros. Para poder recibirle y estar ahí con él, es preciso que ocupemos nuestra propia casa. Habitando en nosotros con Dios, nuestro ser se hace morada de la Trinidad. Dios se ha encarnado, se ha confundido entre los pecadores y no le importa frecuentar a los que los demás juzgan como pecadores. Al contrario, desea habitar en ellos para salvarles, sacarles de su desdicha.

Hoy ha llegado la salvación a esta casa” dice Jesús. Esta salvación ofrecida por Cristo y acogida por Zaqueo concierne a Zaqueo mismo, que es su primera habitación, pero concierne también a la casa entera, familia y familiares. Zaqueo hace en cierto modo beneficiarse de la presencia de Jesús a todos los que habitan en su casa. Los que pueblan su corazón, como los que viven en su morada.
La oración en Equipo, en la casa, es el lugar de la presencia de Dios que desea ardientemente habitar en nosotros, con nosotros. El se invita y quiere ofrecer su misericordia y su salvación a todos los que moran con nosotros.

Si Cristo es el rostro de la misericordia del Padre, también nosotros podemos ser un rostro de misericordia para nuestros contemporáneos. La misericordia es un compromiso querido, deliberado, hacia los hombres, para sus vidas. Ejercer la misericordia es querer hacerme el prójimo del más alejado de mí, de Dios, de la Iglesia, de mi raza, de mi religión…

Más allá de lo que ven o dicen los demás de nosotros, Dios quiere nuestro bien y lo bueno. Hagamos de nuestra carne la “casa de Dios” cualesquiera que sean los combates y humillaciones. Hagamos de nuestra carne el templo del Espíritu, la morada de Dios.

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