Líbranos del mal

1. El mal se manifiesta en la violencia que destruye.

El mal nos viene por la violencia; violencia hecha al cuerpo, pero también al corazón y al espíritu. Si me golpean la mejilla derecha y devuelvo el golpe, devuelvo mal por mal. ¡Estoy en mi derecho! Así, el “mal” me vence. Me hago cómplice del mal, me enrolo en su ejército. Por eso la conciencia que hemos recibido de Dios y que nos constituye como seres humanos, nos da la libertad de rechazar el mal. La violencia engendrada por el mal nos hace olvidar que el otro ha sido creado “humano a imagen de Dios”. En la palabra “violencia” hay violación. Así la violación transforma al otro en cosa, en objeto. Mis necesidades o deseos transforman al otro en objeto de usar y tirar. Poseer al otro haciéndolo inhumano, ese es el signo de la presencia del mal.

2. La pasión de Cristo: “Por su muerte ha vencido la muerte”.

El profeta Isaías había anunciado que la salvación llegaría de manos de un Siervo sufriente (Is. 42, 53). El Viernes Santo Jesús se revela como la encarnación de ese Siervo sufriente enviado por Dios para darnos la respuesta al enigma del mal.

En su pasión Jesús muere víctima del mal ensañado contra él. En realidad, en el momento en que la muerte viene a llevarse a su presa, ya nada hay que tomar en Jesús, pues lo ha dado todo: su cuerpo y su sangre en la Última Cena, su Palabra y su último testamento (Jn. 14, 17), su voluntad ofrecida al Padre (Lc. 22, 42), y su Espíritu en su último aliento sobre la cruz (Jn. 19, 30).

Jesús lo ha dado todo y por ese don todo lo recibimos: la vida y la gracia compartiéndolas con toda la humanidad. Por su muerte Jesús sufre totalmente para “que todos los hombres se salven” (1 Tim. 2, 4).

3. “Líbranos del mal”

¿Qué es el pecado?

El pecado es la parte del mal que reconozco en mi vida y del que soy responsable. Para reconocerlo necesito ser iluminado por una luz más fuerte que la noche a la que el mal me arrastra. El Evangelio es la luz dada por Dios para iluminar nuestra vida. Jesús “luz del mundo” alumbra el mundo y envía su Espíritu a iluminar nuestra conciencia. Yo puedo discernir lo que me separa de Dios y en qué manera Cristo me salva del mal y de la muerte. Reconociendo mi pecado ante Dios y pidiéndole su perdón, le dejo actuar en mí.

Desde entonces, a través del perdón que me da, Dios puede recrearme de nuevo. Por eso ya vivo, en esta tierra, la fuerza de la resurrección de Jesucristo. “Estoy crucificado con Cristo, vivo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” se atreve a decir San Pablo (Gal. 2, 20). Este “estar con Cristo” transfigura mi vida.

4. El perdón: “don más allá del mal”

Jesús en la cruz trae la última revelación al mundo: el Padre, fuente de todo amor y de toda vida, es el Dios que perdona. Jesús no perdona por su cuenta. En el momento que Jesús entrega su Espíritu al Padre, el perdón es desparramado sobre el mundo a través del corazón traspasado del Crucificado. El perdón viene del Padre a través de la vida y la muerte de Jesús. Perdonándonos los unos a los otros damos testimonio de que el Padre nos ha perdonado primero. Librados del mal en la raíz de nuestra conciencia, descubrimos la alegría de los perdonados.

En esta vida nueva, el perdón se ofrece para que podamos ser librados del mal y vivamos la vida verdadera en abundancia (Jn. 10, 10)

Rosary Teams - International
Spanish