Con las lágrimas de María, Dios hizo el Rosario

¡Misión imposible, hermanos y hermanas: tengo que hablarles del Rosario en unos minutos! Y además, ¿Por dónde voy a comenzar?

Porque todos tenemos una imagen, una idea sobre el Rosario.
Puede ser el recuerdo de nuestra abuela que vivía con el rosario en la mano.
Puede ser una imagen en nuestra iglesia parroquial o en nuestra casa, de Santo Domingo que recibe este verdadero regalo de la Santísima Virgen.
Puede ser un acontecimiento de nuestra vida, por ejemplo un accidente de tráfico del que salimos ilesos… con el rosario en la mano.
Puede ser una pintura, la representación de un santo, san Vicente Ferrer, por ejemplo, que va repartiendo rosarios.
¿Qué sé yo?

Podría hablarles del rosario, de su historia, del afecto a veces tan discreto de nuestra Orden dominicana hacia esta oración… pero todo esto ya lo saben de memoria puesto que se encuentran en esta Basílica para celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, puesto que juntos, tenemos la alegría de celebrar los 125 años del Mes de Octubre en esta Ciudad de Guatemala.

Sería posible también reunir una colección de retratos de aquellos que han amado tanto a Nuestra Señora y que han difundido su devoción, como por ejemplo el beato Alano de Rupe, que lanzó las cofradías del Rosario en el Norte de Francia en el siglo XV, San Pío V -asociado a la famosa victoria de Lepanto contra la flota turca, en 1571, gracias a la intercesión de Nuestra Señora del Rosario-, o también San Luis-María Grignion de Montfort, limitándonos a ellos. El Secreto admirable del Santísimo Rosario, de este último autor es una joya entre todos los libros que podemos encontrar sobre esta devoción que tanto amamos.

Hubiera podido escoger llevarles de viaje, a otras provincias de la Orden dominicana, donde los hermanos y hermanas organizan peregrinaciones. La semana pasada, en Lourdes, se congregaron más de 20.000 peregrinos y más de 2.000 enfermos. Ese tipo de evento es muy especial. En él se realizan encuentros, muy a menudo conmovedores, en los que una vida puede abrirse a la misericordia de Dios, bajo la mirada amante de la Virgen María. Porque en definitiva, eso es el Rosario: ir a Jesús por María, ir a Jesús con María, ir a Jesús como María.

Finalmente, he decidido lanzarles una invitación que contiene tres fórmulas: ¡Recen el Rosario, prediquen el Rosario, vivan el Rosario!

¡Recen el Rosario! A mí no me gusta demasiado oír que el Rosario es la oración de los pobres. El Rosario es más bien la oración de los ricos, de aquellos que han encontrado un Tesoro, de aquellos que han entendido que el conjunto de los misterios meditados abarca toda la historia de la salvación. El Rosario es una riqueza que está al alcance de todos.

¡Recen el Rosario! Es la oración de los santos. Siempre tengo presente en mi memoria la reacción inmediata de Bernardita cuando Nuestra Señora se le aparece por primera vez en la gruta de Lourdes: mete la mano en su bolsillo y encuentra su rosario.

¡Recen el Rosario! Es la oración de la paz y de la familia. Es una oración poderosa que toca el corazón de Dios. Tomemos un ejemplo: ¿Han constatado, queridos hermanos, que las provincias dominicanas que obtienen más vocaciones son aquellas que son más fieles al rezo del Rosario, recitado en comunidad precisamente? No quiero pensar que se pueda tratar de una simple coincidencia.

¡Prediquen el Rosario! Ha sido confiado a nuestra Orden. Sería una lástima que nos fuera tomado por obreros más activos. ¿Se han fijado que en la carta sobre el Rosario, del papa Juan Pablo II en 2003, los Dominicos ni siquiera son nombrados? El Rosario forma parte del tesoro de nuestra Orden… a nosotros nos toca hacerlo fructificar. O tal vez ¿hayamos enterrado nuestro talento, porque teníamos miedo?

Prediquen el Rosario, no forzosamente con largos discursos, sino sencillamente con la oración constante y amante. Una monja dominica, que se convirtió cuando era adolescente, me contó que antes de su conversión siempre había visto a su madre con este collar misterioso en la mano. Su madre estaba predicando… en el silencio y la oración. También nos cuentan que el famoso Padre Lagrange, el fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, sólo hacía tres cosas cada día: leer la Biblia, leer su periódico y rezar el Rosario.

¡Prediquen el Rosario!… A aquellos que el Señor ponga en su camino. Nunca sabemos lo que puede pasar en su corazón. Permítanme una anécdota: hace unos meses, estaba rezando mi oficio en la sala de embarque de un aeropuerto, en Francia. Una mujer de la limpieza que no era cristiana me miraba con insistencia. Se acercó y preguntó: “¿Por qué va usted vestido de esta forma tan anticuada?” Como buen dominico, empecé una explicación. Y ella me interrumpió: “Pero dígame, ¿Puedo hacerle una pregunta? Para usted, María ¿Qué representa?” Y empecé a hablarle del Rosario.

¡Vivan el Rosario! Pueden sentir un apego especial a un misterio, al que hable más a su corazón, que recuerde el amor de Dios por ustedes. Puede ser el de la Anunciación, maravilloso relato en el que Dios viene a hacer una declaración de amor a la humanidad, este misterio del evangelio de esta misa, este misterio que juntos contemplaremos esta tarde.

¡Vivan el Rosario! Cada instante de su vida puede estar unido a un misterio del Rosario. Entre otros tantos ejemplos, si están contentos, felices, únanse al Magníficat de María en la Visitación, si están tristes y en el sufrimiento, contemplen la Agonía de Jesús en Getsemaní…

¡Vivan el Rosario! Es una cadena admirable que nos lleva hasta el cielo. Es un verdadero programa que nos permite estar siempre más unidos a Cristo, bajo la mirada de María. Así, tomándolos como ejemplo, terminaremos asemejándonos a ellos… aunque sólo sea un poco.

Entonces, hermanos y hermanas, ¡Recen el Rosario, prediquen el Rosario, vivan el Rosario! En una palabra, ¡Amen el Rosario!… porque es una historia de amor, con la Madre del Amor Hermoso. Y oirán a Dios que susurrará en su corazón, como supo hacerlo tan delicadamente con Nuestra Señora: “Mi más bella historia de amor eres tú” Y les prometo que llorarán.

Llorarán como lo hizo María en su vida.

Y como lo dice de una forma tan bella un hermano dominico irlandés, con las lágrimas de María, Dios hizo el Rosario.

Lágrimas de gozo y de agradecimiento cuando nació su primogénito en Belén,
lágrimas de felicidad luminosa cuando se sirvió el buen vino en Caná,
lágrimas de dolor y de sangre al pie de la Cruz,
lágrimas de júbilo en la mañana de la Resurrección.

Y Dios guardó cada una de esas lágrimas y con ellas hizo el Rosario.

¡Amen pues el Rosario, hermanos y hermanas, y hagan del Rosario su historia de amor con Dios!

La última palabra la dejaré a nuestro beato hermano Jacinto-María Cormier que fue Maestro de la Orden. Se trata de un pasaje de los ejercicios espirituales que predicó en Roma en 1896. Estas palabras, las hago mías… y les invito a que las hagan suyas.

«Te doy gracias ¡oh Dios mío!, por haberme dado, por María, un medio de santificación tan excelente, una cadena amable para guiar mis pasos por la vida activa; una sombra deliciosa para abrigar mi corazón en la vida contemplativa.
No abandonaré jamás mi tesoro; toda mi vida, al contrario, lo utilizaré con fe, ardor, perseverancia. Y, al final de mi vida, cuando ya no me pueda consagrar a las obras exteriores, cuando me sea imposible predicar, enseñar e incluso salmodiar, rezaré todavía el Rosario; y si ya no puedo hacerlo, al menos lo tendré entre mis manos o delante de mis ojos. El Rosario será, bajo diferentes formas, el alimento perpetuo de mi contemplación, mi recreo de todas las horas, mi paciencia para sufrir, mi preparación para morir.»

Así sea.

El autor de esta homilía (en francés)

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