La magnificencia de Dios - Fray Mario Alberto Villanueva, OP


Al finalizar el largo período de Nazaret, el Señor comenzó a predicar la llegada del reino de Dios. Todos los evangelistas recogen el primer acto de esta nueva etapa: la recepción del bautismo que el Precursor administraba a orillas del Jordán. Sin embargo, sólo San Juan señala la presencia de la Virgen en esos comienzos de la vida pública:

al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos” (Jn 2, 1-2).

Una lectura rápida del texto lleva a constatar, sencillamente, que Jesús realiza un milagro a ruegos de su Madre. La celebración de las bodas duraba siete días; y en una aldea pequeña, como Caná, es probable que todos los habitantes participaran de un modo u otro en los festejos. Jesús se presentó en compañía de los primeros discípulos. No resulta extraño que, con tantos asistentes, llegase a escasear el vino. María, atenta siempre a las necesidades de los demás, fue la primera en darse cuenta y lo comunicó a su Hijo: no tienen vino (Jn 2, 3). Después de una respuesta difícil de interpretar, Jesús atendió la petición de su Madre y realizó el gran milagro de la conversión del agua en vino.

Sin embargo, lo que Juan desea relatarnos no acaba ahí. Cuando escribe su evangelio, al final de su vida, iluminado por el Espíritu Santo, ha meditado largamente sobre los milagros y las enseñanzas de Jesús. Ha profundizado en el significado de este primer signo y pone de relieve su sentido más profundo. Así lo afirma el Magisterio pontificio reciente, acogiendo las conclusiones a las que han llegado los estudiosos de la Sagrada Escritura en los últimos decenios.
La precisión cronológica con que el evangelista sitúa el acontecimiento tiene un profundo significado. Según el libro del Éxodo, la manifestación de Dios a Israel para hacer la alianza tuvo lugar tres días después de haber llegado al monte Sinaí. Ahora, al tercer día desde el regreso a Galilea en compañía de los primeros discípulos, Jesús va a manifestar su gloria por primera vez. Por otra parte, la glorificación plena de su Santa Humanidad tuvo lugar al tercer día después de la muerte, mediante la resurrección.

Más allá del hecho histórico de las bodas, Juan pone de relieve que la presencia de María al principio y al final de la vida pública de Jesús obedece a un designio divino. El apelativo con que el Señor se dirige a Ella en Caná -llamándola mujer en lugar de madre- parece manifestar su intención de formar una familia fundada, no en los lazos de la sangre, sino sobre la fe. Viene espontáneamente a la memoria que del mismo modo se dirigió Dios a Eva en el Paraíso, cuando prometió que de su descendencia saldría el Redentor (cfr. Gn 3, 15).

En Caná, pues, María advierte que su misión materna no se acaba en el plano natural: Dios cuenta con Ella para ser Madre espiritual de los discípulos de su Hijo, en los que desde este momento, gracias a su intervención cerca de Jesús, comienza a nacer la fe en el Mesías prometido.

Lo afirma el mismo San Juan al final de la narración: así, en Caná de Galilea, hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él (Jn 2, 11).
La mayor parte de los estudiosos afirma que esas bodas son un símbolo de la unión del Verbo con la humanidad.

Lo habían anunciado los profetas: sellaré con ustedes una alianza eterna (...). Naciones que no conocías correrán hacia ti (Is 55, 3.5). Y los Padres de la Iglesia habían explicado que el agua de las tinajas de piedra, preparadas para las purificaciones de los judíos (Jn 2, 6), representaban a la antigua Ley, que Jesús va a llevar a su perfección mediante la Ley nueva del Espíritu impresa en los corazones.

La nueva alianza prometida en el Antiguo Testamento para los tiempos mesiánicos se anunciaba con la imagen de un banquete de bodas; abundarían todo tipo de bienes, especialmente el vino. Es significativo que, en el relato de San Juan, precisamente el vino alcance gran protagonismo: se lo menciona cinco veces, y se afirma que el que Jesús hizo surgir con su poder era mejor que el que empezó a faltar (cfr. Jn 2,10). También es notable el volumen de agua convertida en vino: más de 500 litros. Esta sobreabundancia es típica de los tiempos mesiánicos.

En su libro Jesús de Nazaret, Benedicto XVI dice así:

"De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia.
Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su "gloria". La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. El marco del episodio -la boda se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente".

María y la Eucaristía

El evangelista, subrayando la iniciativa de María en el primer milagro y recordando su presencia en el Calvario, al pie de la Cruz, ayuda a comprender que la cooperación de María se extiende a toda la obra de Cristo. La petición de la Virgen se sitúa dentro del designio divino de salvación.

El Beato Juan Pablo II, en la Audiencia General del 5 de marzo de 1997 decía:

"Según la interpretación de los autores cristianos el milagro de Caná encierra, además, un profundo significado eucarístico. Al realizarlo en la proximidad de la solemnidad de la Pascua judía (cfr. Jn 2, 13), Jesús manifiesta, como en la multiplicación de los panes (cfr. Jn 6, 4), la intención de preparar el verdadero banquete pascual, la Eucaristía. Probablemente, ese deseo, en las bodas de Caná, queda subrayado aún más por la presencia del vino, que alude a la sangre de la nueva alianza, y por el contexto de un banquete.
De este modo María después de estar en el origen de la presencia de Jesús en la fiesta, consigue el milagro del vino nuevo, que prefigura la Eucaristía, signo supremo de la presencia de su Hijo resucitado entre los discípulos”

Otras palabras son misteriosas todavía:

Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora (Jn 2, 4). Cualquiera que sea el significado exacto de estas palabras (que además estarían matizadas por el tono de la voz, el gesto de la cara, etc.), resulta claro que la Virgen no pierde la confianza en su Hijo: ha dejado la cuestión en sus manos y dirige a los sirvientes una exhortación –hagan lo que Él les diga (Jn 2, 5)- que son las últimas palabras suyas recogidas en el evangelio.
En esta breve frase resuena el eco de lo que el pueblo de Israel respondió a Moisés cuando, de parte de Dios, pedía su asentimiento a la alianza del Sinaí: “haremos todo lo que el Señor nos ha dicho” (Ex 19, 8). Aquellos hombres y mujeres fueron muchas veces infieles al pacto con el Señor; los sirvientes de Caná, en cambio, obedecieron con prontitud y plenamente.
Jesús les dijo: -Llenen de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dijo: -Saquen ahora y lleven al encargado del banquete. Así lo hicieron
(Jn 2, 7-8)
.

María ha depositado su confianza en el Señor y adelanta el momento de su manifestación mesiánica. Precede en la fe a los discípulos, que creerán en Jesús después de realizado el prodigio. De este modo, la Virgen colabora con su Hijo en los primeros momentos de la formación de la nueva familia de Jesús. Así parece sugerirlo el evangelista, que concluye su narración con las siguientes palabras: después de esto bajó a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos; y se quedaron allí unos días (Jn 2, 12). Ya está todo preparado para que el Señor, con el anuncio de la Buena Nueva, con sus palabras y sus obras, dé comienzo al nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia.

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