Bautismo para el Sacrificio - Fray Mario Alberto Villanueva, OP


En este día la Iglesia en su Liturgia concluye el tiempo de Navidad.
Celebramos, por tanto, el Bautismo del Señor.

Todos los misterios de la vida de Cristo poseen rasgos comunes, de Revelación, de Redención y de Recapitulación. El Bautismo del Señor posee estos elementos.
El comienzo de la vida pública de Jesús está señalado por su Bautismo.

Juan predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
Es una multitud de pecadores, publicanos, soldados, fariseos, saduceos y prostitutas y entre ellos aparece Jesús. Es entonces bautizado por Juan después de insistir y escuchar la resistencia de este.

Se produce allí una “Epifanía”, es decir una nueva manifestación de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

El propósito del Bautismo del Señor era el mismo que el de su nacimiento: identificarse con la humanidad pecadora. ¿Acaso no había prometido Isaías que Él sería, “contado con los transgresores”? En efecto, nuestro Señor estaba diciendo: “Consiente que se haga esto; no te parece conveniente, pero en realidad está en completa armonía con el propósito de mi venida” De este modo, Cristo no sería una persona particular, sino el representante de la humanidad pecadora, aunque Él mismo era sin pecado.

Dice Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret:

”El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en la que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al infierno, no solo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo…siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la “vuelta” del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento-el Bautismo- aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso” (p.42-43).

La sagrada humanidad de Cristo era el eslabón que enlazaba el cielo y la tierra. La voz del cielo que declaraba que Él era el hijo amado del eterno Padre no estaba anunciando un hecho nuevo o una nueva filiación de nuestro Señor. Estaba haciendo simplemente una solemne declaración de aquella filiación que había existido desde toda la eternidad, pero que ahora estaba empezando a manifestarle públicamente como mediador entre Dios y los hombres.

El Cristo que subía de las aguas, como la tierra había surgido de las aguas en la creación y después del diluvio, como Moisés y su pueblo salieron de las aguas del mar Rojo, era glorificado ahora por el Espíritu Santo, que se aparecía en forma de paloma. El Espíritu de Dios nunca aparece en figura de paloma, salvo en este pasaje. El libro del Levítico menciona ofrendas que se hacían según la posición económica y social del dador. Una persona lo suficientemente rica ofrecía un novillo, una menos rica, un cordero, pero los más pobres tenían el privilegio de ofrecer palomas. Cuando la Madre de nuestro Señor presentó a éste en el Templo, su ofrenda fue una paloma. La paloma era símbolo de mansedumbre y apacibilidad, pero sobre todo simbolizaba el tipo de sacrificio posible para la gente más sencilla. Cuando un hebreo pensaba en un cordero o en una paloma, acudía en seguida a su mente la idea de un sacrificio por el pecado. Por lo tanto, el Espíritu que descendió sobre nuestro Señor era para ellos un símbolo de sumisión al sacrificio. Cristo se había unido ya simbólicamente con la humanidad en el bautismo, anticipando así su sumersión en las aguas del sufrimiento; pero ahora era también coronado, dedicado y consagrado a aquel sacrificio por medio de la venida del Espíritu. Las aguas del Jordán le unieron a los hombres, el Espíritu le coronó y dedicó al sacrificio, y la voz testificó que su sacrificio sería grato al Padre.

Las semillas de la doctrina Trinitaria, que fueron plantadas en el Antiguo Testamento, empezaron ahora a desarrollarse. Se harían más claras a medida que pasaba el tiempo; el Padre, el creador; el Hijo, el redentor; y el Espíritu Santo, el santificador.

En este día en que rememoramos el Bautismo del Señor, también nosotros en nuestro interior renovemos las promesas bautismales para que nuestra Fe crezca fortalecida por la Luz del Espíritu Santo. Así sea.

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