El Rosario: Mirar con María para reflejar al Señor

En muchas Iglesias todavía se conserva la bella tradición de echar al vuelo las campanas al mediodía. En la plenitud del día, las campanas nos llaman a mirar a la Madre de Dios, a saludarla con el Ave María, a detenernos en nuestros ajetreos y cansancios para concentrar la mirada del corazón, a veces asolado de desasosiego, en Aquella que es la llena de Gracia, en Aquella que es la Alegría del Corazón de Dios y la alegría de toda criatura: María. Muchos artistas se han inspirado en esos repiques de campanas al mediodía: poetas, músicos y pintores. Repiques del mediodía saludando con el Ave María: nos hablan de la irrupción de la Redención, del Evangelio que lleva el saludo del arcángel Gabriel, de cómo en el triste mundo se puede nuevamente cantar, ya que el ángel nos habla de alegría, de plenitud de Gracia, del Emmanuel, pronuncia un nombre que es Estrella de luz en las tormentas: María.

¡Cuántas personas, al oír las campanas de las Iglesias al mediodía, se sienten invitados a entrar y detenerse un minuto tan sólo para mirar y ser mirados por María! Mirar a María, la Madre que lleva al Niño en sus brazos ofreciéndolo a nosotros, pobres pecadores, necesitados y rudos como los pastores de Belén. Mirar a María que al pié de la Cruz, o Madre de Piedad con su Hijo muerto en brazos, nos está ofreciendo a su Hijo Jesús, nuestra redención y perdón. Mirar a la Madre coronada de estrellas, la Virgen de la Santa Esperanza, que en medio de nuestras espinas cotidianas, nos señala el Cielo, la Vida de Dios, como la meta de nuestro caminar, a veces, tan incierto.

Mirar a María y -por medio de Ella y desde Ella- mirar a Jesús. Esto es el Rosario, este es el compendio del Evangelio que María, la que guarda todo en el Corazón, nos ofrece particularmente en este domingo y en este mes de octubre.

El gran poeta Paul Claudel, cuya conversión brotó de la escucha del Magnificat un fría tarde de Navidad en Notre Dame, nos ha dejado una pieza que -a mi pobre juicio- es el poema más bello a Nuestra Señora, se llama “La Virgen a mediodía” y nos habla de este mirar a María, de este simplemente mirar, de esta mirada de amor, que es el núcleo del Santo Rosario. Nos dice:

“Es mediodía. Veo la Iglesia abierta.
Tengo que entrar.
Madre de Jesucristo, yo no vengo a rezar.

No tengo nada qué ofrecer,
y nada tengo que rogarte.
Sólo he venido, Madre, para mirarte.

Contemplarte, llorar de dicha, saber así
Que yo soy tu hijo y que Tú estás ahí.

Nada más que un momento
Mientras se para el aire.
¡Mediodía!
Allí donde tú estés, estar contigo, Madre.

Sin decir nada, contemplar tu semblante,
Dejar al corazón cantar con su propio lenguaje,
Sin decir nada, cantar porque se tiene el corazón tan lleno,
Como el mirlo que sigue sus anhelos 
En súbitos gorjeos.

Porque Tú eres hermosa,
Porque Tú eres inmaculada,
La mujer de la Gracia por fin reinstaurada.
La criatura en su primer honor y en su desvelamiento final,
Tal como salió de Dios la mañana de su esplendor original.

Inefablemente intacta porque
Tú eres la Madre de Jesucristo,
Que es la verdad en tus brazos, y la sola esperanza y el fruto único

Porque eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada,

Allí dónde el mirar encuentra de golpe el corazón y hace saltar las lágrimas en él acumuladas”.

¡Tan sólo mirarte María! Rezando bien el Rosario somos los contemplativos por excelencia. La oración es contemplar: mirar con Jesús, mirar con María, mirar al Padre. Pero contemplar es también, y sobre todo, mirar dentro de Jesús y de María, mirar dentro de sus misterios para poder aclarar en ellos nuestra mirada de fe y hacer de nuestra mirada y de nuestro corazón pura transparencia de Jesús y de María.

Sencilla mirada: uno aprende esta lección de mirada de amor contemplando el icono de la ternura de la Madre de Dios de Vladimir, o la tan tierna imagen de la “Madonina” o cuando contempla la mirada y la sonrisa de la Virgen en las tallas medievales de las catedrales.

Encontrarnos con la sonrisa de María y del Niño, con sus lágrimas de dolor y compasión, con su mirada radiante de la Luz y la Gloria de Jesús. Desde esas miradas la oración brota espontáneamente, brota de la conciencia del amor: “Yo lo miro y el me mira”.

Con el rosario “yo lo miro a Jesús” pero no con cualquier mirada sino con la de su Madre y Jesús “me mira”. Me mira para invitarme a ser otro Jesús, me mira para inspirarme sus mismos sentimientos, su pobreza de corazón, su obediencia al Padre, su amor hasta el fin, su paciencia, su humildad, su mansedumbre, su pureza, su Vida nueva de Resucitado.

Sin decir nada, contemplar tu semblante” El Rosario es una oración que pacifica, que silencia nuestra palabrería, para orar en la Palabra de Dios y vivir en la Palabra como en nuestra propia casa, a semejanza de María. En la escuela de María, la Madre silenciosa grávida del Verbo. El Rosario es camino para entrar en el silencio fecundo de la escucha de la Palabra. Orar es, sobre todo, dejar que Otro pueda hacer oír su Voz, el soplo suave y sereno del Amor del Padre y del Hijo. Orar es silenciar tanta gritería, tantas palabras hirientes, irónicas y chabacanas para dejar que la Persona-Don del Espíritu Santo gima y ore en nosotros. ¡Cuánta sed tenemos de entrar en el silencio fecundo de nuestra Madre, cuánta necesidad de que viva su Corazón silencioso en nosotros! Orar con el Rosario es pacificar el corazón y es comprometerse a trabajar por la paz; la verdadera oración sólo puede brotar de un corazón reconciliado y que siembre reconciliación. El Rosario es por naturaleza una oración que pacifica, y nos hace sembradores de paz.

Sólo he venido, Madre, para mirarte. Contemplarte, llorar de dicha, saber así que yo soy tu hijo y que Tú estás ahí”. Mirando a María, contemplando sus sonrisas y lágrimas, aprendemos a ver reflejado a Jesús en su Rostro materno. El mirar de María nos refleja, como en un espejo purísimo, el mirar de Jesús, el mirar amando sus misterios para compartirlos.

Por el Rosario nos introducimos en el espíritu filial de María, la Hija de Sión, la Hija predilecta de Dios Padre. Es en ese espíritu filial de María desde el cual el Espíritu Santo nos impulsa a llamar a Dios como Padre, introduciéndonos por los misterios de Jesús, en la contemplación serena y confiada del Rostro del Padre en el Rostro de Jesús. El Rostro tierno de un niño que nace en el frío de la indiferencia y la pobreza nos habla del Padre, el Rostro de Jesús proclamando las bienaventuranzas e invitando a acoger el Reino nos habla del Padre, el Rostro de Jesús anticipando su entrega de amor en la Eucaristía nos habla del Padre, el Rostro coronado de espinas, abofeteado y escupido. El Rostro sin vida del Hijo en los brazos de María nos habla del Padre, el Rostro de gloria nos comunica la luz del Padre y la Buena Noticia por excelencia: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.”

En cada Misterio la vida de Jesús es un Sacramento y una comunicación del Padre. Invocar a María y repetir en amor su dulce nombre es abrirse a la Presencia y a la salvación del nombre de su Hijo. Decir constantemente, en la incansable letanía del amor, el nombre de Jesús es introducirse en la respuesta de amor de Jesús a su Abbá; es dejar que el impulso de su Vida, que procede totalmente del Padre y que se dirige totalmente hacia El, pueda envolvernos e incorporarnos.

¡Mediodía! Allí donde tú estés, estar contigo, Madre.” En los misterios del Rosario María comparte los misterios del Hijo. Estar con María en la sencilla mirada del Rosario es acompañarla en su peregrinación en la fe. Es realizar ese viaje a través de las maravillas del Amor misericordioso de Dios. Es compartir la soledad de la Madre de Dios, su fecunda soledad luego de la ascensión de Jesús, cuando, como nuestras abuelas y madres, repasaba amando, en el Rosario de su Vida, el Rostro añorado y deseado de su Jesús.

Orar con el Rosario es dejar que la Madre de Dios pueda estar también, es permitirle entrar, en nuestros gozos, en la oscuridad de nuestro dolor, en nuestra sed de esperanza. El Rosario es una sencilla mirada, un estar mirando a la Madre. Una mirada que hacer estallar las maravillas de Dios en nuestro corazón: Su gran obra de Amor en Jesús.

Mirar con María para reflejar al Señor. Tantas decenas de nuestros rosarios, rosarios de nuestras mañanas a veces somnolientas al ir a trabajar, rosarios de nuestras caminatas en un parque soleado un domingo, rosario compartido en el amor de la familia, en los niños que se duermen en nuestro regazo, en el delantal de cocina de la madre o la abuela –que como María, la ama de casa- preparan primorosamente el almuerzo para la familia. Rosario del sacerdote pidiendo por las necesidades de sus fieles enfermos y atribulados, rosario cantado en la aurora de los pueblos del interior, rosario de esperanza por nuestros amados difuntos. Rosarios de cada día para descubrir al Señor en nuestro camino ordinario y doloroso en donde nos santificamos. Contemplar es hacernos discípulos como María, que mientras caminan en los gozos, alegrías y cruces de cada día saben dejarse iluminar por la palabra del Maestro. Contemplar es estar a los pies del Maestro escuchando y guardando en el corazón su Palabra y es, a la vez, caminar con el Maestro en su camino de dar la vida gota a gota, en su amor hasta el extremo.

Tomarse del Rosario cada día es experimentar la mano bondadosa y segura de María que nos permite estar con Ella en sus misterios y nos asegura que Ella nos trae a Jesús en los “misterios” gozosos y dolorosos de nuestro caminar. Como cuando éramos niños y nos llevaban de la mano al colegio, tomarse del Rosario es hacernos niños, para que María nos lleve al colegio, a esa escuela que es el Corazón de su Hijo. En esa escuela aprendemos la Ciencia de los Santos, la Ciencia del Amor.

Por ello, al escuchar cada mediodía las campanas, al mirar en nuestras iglesias a la toda Hermosa, a la criatura “más joven que el mismo mundo”[fn]Bernanos, Diario de un cura rural.[/fn] dejemos cantar al corazón, dejemos desahogar nuestro amor y nuestro dolor, dejemos que la luz de la mirada de María brille en nuestras tempestades. Sí, hablemos con María…pero sobre todo démosle gracias por ser Madre nuestra…por ser –simplemente- ¡María!

“Porque ahora es mediodía, porque estamos ahora en este día,

Porque Tú estás para siempre ahí, simplemente porque Tú eres María, simplemente porque existes Tú.

¡Gracias y otra vez gracias, Madre de Jesús!” (Paul Claudel)

El autor de esta homilía

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