Las parábolas del Reino

Las parábolas

La parábola fue el medio usado por el Señor para la instrucción del pueblo. Este era un modo de enseñanza característico del tiempo de Jesús. En Cristo llegó a la perfección, tanto en su forma como en su contenido. Las parábolas son comparaciones didácticas, tiene por fin transmitir una enseñanza. Se puede distinguir en ellas una imagen y una realidad natural y sobrenatural a la que hace referencia. Las imágenes son vivas y concretas, describen rasgos humanos universales, y están tomadas de la vida diaria del pueblo judío. La realidad u objeto significado es una verdad sobre Dios, la Iglesia, la Salvación... Hoy meditamos cuatro de ellas del Evangelio de Mateo.

El tesoro y la perla

Las dos primeras parábolas son muy semejantes. Los hombres de la parábola representan a todo hombre. El tesoro y la perla representan a Dios, Único y supremo Bien por quien vale dejar todas las cosas. Podemos ver en estas imágenes una descripción de la conversión al Reino. Ella implica una búsqueda, un encuentro determinante y decisivo, y un cambio de vida. La búsqueda puede ser conciente o inconsciente, larga o corta. El encuentro es más interior que exterior. Interior por la gracia, exterior por mediación de la Iglesia, los sacramentos, la creación,… De pronto se descubre que Dios es Dios, y es Dios posible, alcanzable. Recién aquí “se deja de se ser lo que se era y se comienza a ser otra cosa” (San León Magno). El cambio implica una renuncia radical. Dejar todo no es difícil y se hace “alegremente” cuando la conversión es verdadera.

Tenemos como ejemplos la conversión de San Pablo, Zaqueo el publicano, San Agustín... En todos vemos un cambio de postura hacia las cosas, una nueva orientación de la existencia, un modo distinto y pleno de pensar y de sentir, un nuevo centro de la vida: Dios. San Pablo es el que expresa con claridad esta metanoia, este cambio del corazón: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y estar unido a él” (Fil 3, 8-9).

Parábola de la red

Esta parábola es semejante a la de la cizaña. El trabajo en el mar (el mundo) remite al trabajo de la Iglesia (barca de Pedro). La red es la predicación del evangelio, los pescadores son los Apóstoles (los “pescadores de hombres” -Mt 4, 19), los peces “de todo género” son los diversos hombres que ingresan a la Iglesia. El trabajo en la orilla (la separación de buenos y malos el fin de la tiempos), como dice la misma parábola, ya es obra de los ángeles, no de los hombres. ¿No es simple distinción la de hombres buenos y malos? En toda persona hay cosas buenas y malas. Aquí la bondad y maldad es por relación a Dios. El alma es simple. O afirma a Dios o lo niega, o lo mira a “los ojos” o le da la espalda. El hombre es bueno no solo por si mismo, sino también, y principalmente, por su unión con Dios, la Bondad Infinita.

Parábola del padre de familia

¿Es esta una parábola? Se puede decir que si en cuanto es comparación, aunque pequeña. Es dirigida “propiamente a los Apóstoles” (San Jerónimo). Ellos son los “administradores de los misterios de Dios” (I Cor 4, 1), y se mueven y trabajan entre “lo viejo y lo nuevo”. Son los “escribas doctos” que reciben del pasado la Revelación Divina y la Tradición, y del presente la novedad del Espíritu y de cada época. Su material de predicación es lo antiguo y lo nuevo; no solo lo antiguo ni solo lo nuevo; lo antiguo y lo nuevo. Esto exige profesionales de la memoria para conservar en el corazón las riquezas reveladas y transmitir fielmente el depósito de la fe. Pero también vida espiritual profunda para escuchar y responder dócilmente al Espíritu, y oído atento a cada tiempo y generación.

Pero este oficio, para terminar, es recibido de Cristo, el “padre de familia”. La parábola pone fin a este compendio de parábolas y resume el método usado por Jesús para enseñar: “Han oído que se dijo… pues yo os digo...”. El Señor recapitula en si el Antiguo Testamento (lo antiguo) e inaugura el Nuevo (lo nuevo). No podía ser de otro modo: El es la “luz del mundo” y el que hace “nuevas todas las cosas”.

El autor de esta homilía

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