La receta para la felicidad

Que no hay recetas para alcanzar la felicidad es algo en lo que hay bastante unanimidad. Sobre todo en aquellos a quienes la experiencia de vida los va educando en la sabiduría. Y, también, entre tantos en quienes el fracaso ha dejado cicatrices más o menos dolorosas. Sin embargo, Jesús nos tiene acostumbrados a revisar la precisión de muchas de nuestras convicciones para alcanzar un saber superior. Esto es lo que nos propone hoy la liturgia. Adelantando la conclusión, hoy podremos aprender que sí hay una receta para la felicidad. Y, la Palabra es la receta.

Para empezar, podríamos llamar la atención sobre la cantidad de “bienaventuranzas” que se pueden leer de principio a fin en la Biblia. No es una mera cuestión literaria sino la verificación de una inquietud y un llamado universal. Es el reflejo de la búsqueda humana más decisiva. Y no hay búsqueda si no hay una realidad a mano en la que esa búsqueda alcance su objetivo. Ansiamos la felicidad y vamos tras ella porque es posible. Esto debiera constituir el corazón de la vida y de la enseñanza de la Iglesia. Es lo más importante de la predicación de Jesús y de sus promesas. El Sermón de la montaña, autobiografía y propuesta de vida de Jesús, muestra, desde el inicio mismo, el horizonte hacia el cual debiéramos encaminar todos nuestros esfuerzos: “felices ustedes”. Es el horizonte al cual se encaminan todos los esfuerzos de Dios. Y hoy, en el evangelio, confirmamos el destino: “felices” sus oídos, sus ojos… “felices ustedes”.

Para que esta “receta de la felicidad” de resultado se precisa que nada falte de lo que la hace eficaz. Y lo que hace falta es la gracia de Dios junto al vigor humano. Sin Él no hay opción, sin nosotros tampoco.

Lo que a Dios toca está garantizado y siempre disponible. Esto es lo que anuncia Isaías en la primera lectura. La Palabra tiene el poder y la eficacia de Aquel que la pronuncia. Por eso, incluso más que la lluvia o la nieve, cumple su cometido inexorablemente. La felicidad humana es la intención primordial de Dios y su promesa más grande. Si nuestro destino es compartir la vida divina, se trata de compartir lo que san Juan Crisóstomo describe como “la naturaleza incorruptible e infinitamente feliz de Dios”. La propuesta y la promesa es ser felices como Dios es feliz.

Pero nuestra receta no es una fórmula mágica. Que sea una “receta” no significa que sea fácil. Y de hecho, siguiendo con atención el proyecto evangélico, nos queda claro que esta receta no funciona en espíritus pusilánimes, cobardes, perezosos, aburguesados, etc. La receta evangélica de la felicidad pide el esfuerzo de la escucha y la práctica. Escuchar, comprender, conocer, ver, oír, y muchos otros verbos, expresan nuestra disposición ante la Palabra. Somos parte de esta fórmula para la felicidad. De modo que, si nos ausentamos, la receta no está completa y no conseguiremos gustar de sus promesas.

El autor de esta homilía

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