Santo Domingo, hombre de esperanza

Este año que celebramos el jubileo del octavo centenario de la Orden de Predicadores, querría detenerme algunos instantes sobre la figura de Santo Domingo, en paralelismo con nuestro tema del año:
Esperar contra toda esperanza

Todos los santos y santas que se han ilustrado en la historia de la Iglesia han seguido los pasos de Abraham, cada uno a su manera, siguiendo a Cristo. También Santo Domingo, entre ellos y como Abraham, salió hacia un país hacia el que Dios guiaría sus pasos: “esperando contra toda esperanza, creyó” (Rom. 4, 18). “Por fe, Abraham obedeció la llamada de partir hacia una tierra que recibiría en herencia, y partió sin saber adónde iba” (Heb. 11, 8). Santo Domingo, en un primer momento, partió del claustro de la catedral de Osma (Soria) hacia las tierras del norte de Europa acompañando a su obispo con el fin de llevar a buen término el matrimonio del conde del rey de Castilla. Después por los caminos de Lauragasis, donde fundo la Orden antes de recorrer las rutas del sur de Francia y de Italia entre Roma y Bolonia para acompañar a sus hermanos. La tierra que Dios le indicaba era el país en el que se estaba difundiendo la herejía “cátara”, a fin de predicar allí la verdad del Evangelio y más allá de ese país, por todas las capitales europeas en las que implantaría rápidamente su Orden al servicio de la Verdad.

En medio de las dificultades que atravesaba la Iglesia de su época, atacada desde el exterior por la herejía y desde dentro por el olvido de la pobreza evangélica, Domingo podría haberse desesperado. Pero habitado por la esperanza de su fe en Cristo, no se dejó vencer. ¡Al contrario! Sabía, por la fe, que lo que los hombres podían hacer para atacar a la Iglesia, otros lo podían deshacer con la fuerza de Dios para devolver a la Iglesia toda la vitalidad de su testimonio. ¿No lo ve en el sueño del Papa Honorio que reconstruye las paredes de una Iglesia vacilante a punto de derruirse? En tal punto, acogió el ideal de vida de algunas mujeres cátaras para transformarlo en ideal de vida monástica en el corazón de la Iglesia, al servicio de la oración y la predicación de su orden. Enseguida reunió un puñado de hombres apasionados por su proyecto de predicación de la Buena Noticia, reuniéndolos en pequeña fraternidad en una casa de Toulouse, comunidad que debería llegar a ser (junto con la de las monjas hermanas) la base de una Orden que fue, como dijo Bernanos, “su caridad misma”.

Si, Domingo, ¡hombre de esperanza! Esta esperanza que iba a buscar en su relación con Cristo a lo largo de sus largas plegarias en lo profundo de la noche. En el silencio, y mientras dormían todos sus hermanos, allí iba a sacar su fuerza. Se guarda este recuerdo en lo que llamamos “las nuevas formas de rezar de Santo Domingo”. De tal forma pasaba las noches en oración que no se sabía de ninguna cama suya por donde pasaba. Esta esperanza la iba a buscar también en la contemplación del Evangelio de San Mateo que siempre llevaba con él. En esta lectura meditativa amaneció en su corazón el deseo ardiente de anunciar el Reino de los cielos a todos sus contemporáneos. En medio de la noche gritaba angustiosamente: “¿Qué les pasará a los pecadores?” La oveja perdida estaba en el corazón de sus preocupaciones. Había entendido que la misericordia de Cristo quería reunir a todo mortal. En esta esperanza fundadora quiso ser –y con él toda la Orden- un predicador infatigable de la gracia del perdón, de la misericordia y de la salvación.

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