La silla del prójimo

La silla: ¡un elemento banal de nuestra vida! Todo el mundo conoce el juego de la silla, donde hay una silla menos que jugadores y se excluye al que se queda sin ella a la señal del juez. Pero en nuestros Equipos del Rosario nunca hay una silla de menos sino una de más. Signo de que no queremos excluir, sino incluir.

La parábola del buen samaritano dice que prójimo es aquel que ejerció la misericordia. Así pues, nuestra silla del prójimo tiene algo que ver con un acto de misericordia con alguien que no está allí.

¿Una silla vacía?

Este vacío no es un simple vacío. Es un vacío simbólico que manifiesta una presencia/ausencia. Es una silla preparada a la espera de alguien que no está allí, pero que podría, que podrá estar allí algún día.

Una silla para abrir el círculo.

Ya sabemos, el círculo está bien, es agradable, es fraterno. Pero el círculo puede ser una trampa pues tiene el peligro de cerrarse. ¡Qué problema sería para aquel que quisiera unirse al grupo y encontrar un sitio! ¿Dónde está la cola del círculo si por definición no tiene fin? ¿Cómo pues entrar en la circunferencia? La silla del prójimo es la brecha, la puerta por la que es posible entrar en el grupo.

Una silla para abrirse a lo inesperado

El Equipo que formamos no puede contentarse con el anhelo tan común de “quedarnos como estamos”. Para recordarnos al contrario que nuestro Equipo debe tener el deseo de abrirse, de acoger nuevos miembros, de renovarse, de hacerse tan grande que, pronto, a partir de un Equipo nazca un nuevo Equipo. Entonces esta silla es, quizá, el espacio dejado al Espíritu para recordarnos que el verdadero discípulo de Jesús no puede contentarse con el placer de estar bien juntos sino que debe estar abierto a “Aquel que lo hace todo nuevo”.

Una silla para hacer nacer nuevos discípulos

En efecto, un Equipo del Rosario no tiene la vocación de ser siempre el mismo, de estar durante años formado por los mismos miembros. Pues entonces, y esto lo constatamos por desgracia en las visitas a algunas diócesis, este Equipo se condena a muerte a sí mismo. Un Equipo del Rosario debe ser un cuerpo vivo que se transforma y se renueva sin cesar bajo la acción dócil de la gracia a imagen de la Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

Si tenemos verdadera conciencia de ser una pequeña célula de la Iglesia, de ser discípulos de Cristo, no podemos más que tener ese deseo de ser portadores de vida, de tener una puerta abierta y una silla preparada para aquel o aquella que se sienta atraída por lo que ocurre durante nuestro encuentro.

Esta “silla del prójimo” está ahí para recordarnos continuamente que nuestro Movimiento, que cada uno de nuestros Equipos es misionero. No sólo Cristo se invita a nuestras casas cuando nos reunimos para la oración, sino que El quiere aprovechar nuestra hospitalidad para ofrecer una silla a una persona desconocida que tiene necesidad de sentarse, de pasar un tiempo para encontrarle. Nuestro salón, nuestro comedor, nuestra cocina se convierten en el lugar donde Cristo invita a sus amigos. ¡Y decir que algunos no quieren recibir en sus casas! Pero eso es otra historia. ¡Qué bella vocación la nuestra! Por ello el P. Eyquem decía que “los Equipos del Rosario son evidentemente un movimiento misionero” (comité nacional 1986). Así pues, de todo corazón preparemos esta silla del prójimo y ofrezcámosla a alguien de nuestro entorno que tenga necesidad de la misericordia del Señor.

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